Ángel Gracia

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(Fotografía de Marta Rami Gasol)

Ángel Gracia nació en Zaragoza en 1970. Ha trabajado en bibliotecas, quioscos, librerías de todo tipo (ambulantes, independientes y de grandes almacenes), como corrector y, desde 2005, como programador cultural.

Es autor de los libros de poesía Valhondo (2003), Libro de los ibones (2005) y Arar (2010), que forman una trilogía unitaria. Ha publicado la novela Pastoral (2007) y el libro de viajes Destino y trazo. En bici por Aragón (2009), una recopilación de artículos publicados en Heraldo de Aragón entre 2007 y 2008. En marzo de 2015 publicó la novela Campo Rojo en Candaya.

Incluimos a continuación el capítulo 24 de Campo Rojo, que lleva por título “Lluvia sobre el río”:

No puedes creerte que estés volando. Planeando sobre la fábrica de Almidones del Ebro, por encima de las chimeneas y las grúas. No recuerdas cómo has ascendido. No has dado ningún salto y, desde luego, no te han crecido de repente las alas. Tan arriba has llegado que el ruido de la fábrica suena lejano, apenas un rumor. No sabes nadar ni esquiar, es increíble que ahora sepas volar.

Respiras profundamente, inundas los pulmones con el humo del maíz y el almidón. Eres un ángel de humo. Es de noche, todas las luces están apagadas. Miras hacia tu barrio. Cuentas los bloques de casas y calculas cuál es el tuyo, el número 17. Luego cuentas las ventanas y llegas a la séptima. Tu habitación está oscura, no ves a nadie. Tampoco tú estás ahí.

Sobrevuelas La Balsa y Colmenero. Aunque has ascendido a mucha altura, no sientes ningún vértigo, eso te sorprende y te hace más audaz. Te lanzas en picado hacia los descampados y las autopistas. Eres un águila o un halcón, el que mejor vuele de los dos. Qué sensación arrojarse al vacío sin miedos de crío pequeño. Esto debe de ser un sueño, piensas. Solo tienes que esperar un poco y volverás a estar en casa. Cierras los ojos unos segundos y vuelves a abrirlos, crees que así dejarás de soñar y de volar. Al contrario: asciendes un poco más.

Te rodea un montón de nubes grises; las atraviesas en silencio, solo oyes tu respiración. Empiezas a sentir el frío oscuro de la madrugada, sobre todo en los pies y en las manos. Dice tu padre que justo antes del amanecer baja mucho la temperatura, por eso hay escarcha por las mañanas sobre los hierbajos y la maleza del Campo Rojo. Tu padre la llama rosada, te gusta esa palabra. Aunque no ves el rosa ni las rosas por ninguna parte, lo que más te gusta en este mundo es pasear con tu padre por los descampados que rodean tu barrio y observar, bien abrigados, cómo se deshace, cómo se deshiela, la rosada.

Tiritas de frío. Deberías descender y abrigarte. Te castañetean los dientes, es un tembleque ajeno a tu voluntad. Tienes muchas ganas de mear, deberías regresar a casa, pero continúas volando hacia el río, alejándote del barrio. Cada vez eres más veloz.

El humo blanco de Maizasa y de La Papelera se queda atrás. Ahora buscas un lugar para descender y mear tranquilo. Pasas por encima de hileras de pabellones todos idénticos entre sí, casitas para hormigas rojas. Decides mear tras un árbol apartado del parque, pero hay chavales merodeando. Cuando eras pequeño y tu padre te soltaba –con flotador– en la piscina pública, unos gamberros, surgidos de las profundidades invisibles, te pellizcaban por debajo del agua. Ven con nosotros, Blancanieves, decían, te vamos a enseñar a nadar. Y siempre acababas con moraduras y rasguños en tu blanquísima piel, casi transparente.

Continúas sin detenerte. Cuando llegas a la ribera del río, te alcanzan unas gotas de agua tibia. No lo entiendes. Creías que las aves no se mojaban cuando llovía. Al menos, las grandes águilas y las rapaces, las que vuelan más allá de las tormentas.

El viento silba y te golpea las mejillas. Los ojos te lagrimean y los oídos se ensordecen. Ya no puedes aguantar más el pis. Lo has decidido: vas a descender allí y, pase lo que pase, encuentres a quien encuentres, mearás junto a un árbol. No te importa si te pillan. No te importa si te cae toda la lluvia del mundo, ya no te da tiempo de regresar a casa.

Sobrevuelas el río y su ribera. Todo está inundado. Cuánta agua, piensas, nunca la habías visto así. El deshielo de la primavera ha provocado una crecida del río, no vas a poder aterrizar para mear aquí, todo está anegado. Como tú. Todo tu cuerpo y tu espíritu están llenos de millones de centímetros cúbicos de agua. Vas a reventar. Eres una nube mojando la tierra. Eres lluvia sobre el río.

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