Doménico Chiappe

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(Fotografía de Linda Ontiveros)

Doménico Chiappe nació en Perú en1970, se crió en Venezuela, donde
ejerció como reportero, y desde 2002 vive en España. Es pionero en el
ámbito de la literatura multimedia con la publicación de obras como
Tierra de extracción (2000, reed. 2007) y Hotel Minotauro (2013).
Ha publicado, entre otros, el libro de periodismo Cédula de
identidad. Crónicas de Venezuela (2014), las novelas Tiempo de
encierro (2013) y Entrevista a Mailer Daemon (2007), el ensayo Tan
real como la ficción. Herramientas narrativas en periodismo (2010).
Como editor ha realizado la antología Huellas en el mar. Narradores
latinoamericanos en España.

 

Si desea entrar en contacto con Doménico Chiappe, hágalo a través de Facebook o de Tuiter.

 

Harto de las líneas aéreas,
de cruzar el cielo y no verte.
De las azafatas que entregan
bocadillos fríos de angustia.

Pasaporte púrpura de soledad
franquea la aduana de un país abisal.
Aviones con retraso
viven orgías en el hangar.

Harto de la conexión de los hoteles,
de skype y no tocarte,
de las piscinas donde ahogarme,
de los desayunos con papaya.

En tu nuca abandoné
la bombona de oxígeno.
Desciendo sin escafandra,
sin ranitidina y sin room service.

Llueve adentro y afuera, sol.
El encierro como entretenimiento.
Madrugada de jetlag sin despertador.
El periscopio apunta a juegos de fútbol sin césped.

Ciudad marcada por helicópteros y ausencias.
Estómagos rellenos con champú de hotel.
Cada ojo permanece clavado en tu rostro
El controlador aéreo me exilia en el vuelo 1510

                           *

Desde mi habitación escucho cómo ella se levanta cuando cree que todos
dormimos en la casa. Sigilosa, cruza el pasillo y entra en la
habitación del fondo. Trato de escuchar sus gemidos apagados. Hace dos
meses que conozco que suceden esas visitas nocturnas, pero no sé desde
cuándo suceden. En la oscuridad, imagino cómo la espera él, ansioso y
atemorizado. Creo que ellos intentan compensar el afecto que nunca han
recibido y que yo jamás les mostraré. No puedo arriesgarme a perder
autoridad. Durante el desayuno no vislumbro ni siquiera un intercambio
de miradas cómplices entre ambos; nunca apelan al doble sentido; han
perfeccionado el arte del disimulo. Yo podría interrumpir sus
exploraciones adolescentes, sorprenderlos esta misma noche, hacer que
la dirección los separe, que envíe a uno de ellos a otro hogar de
acogida. Pero prefiero escucharlos, imaginarlos, saber que alguien se
ama dentro de esta casa.

                       *

Cuando yo tenía doce años, mi padre le dijo a mi madre que le tentaban
mis caderas recién curvadas, mis pechos acabados de abultar, mi
conversión en mujer. Le dijo que cada día luchaba por controlar su
lascivia, que se iba a otro país para no hacerme daño, que, por favor,
nunca me dijera el motivo de su huida, para no ofenderme, para no
culpabilizarme. Pero ella me lo espetó siempre. Ahora observo a cada
viajero que pretende cruzar la frontera. Busco su nariz, tan parecida
a la mía en fotos. Después leo el nombre en el documento de viaje por
si acaso no logro reconocerle cuando quiera regresar.

(Del libro Los muros / Les murs. Albatros, Ginebra, 2011)

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