Fernando García Maroto

Fernando García Maroto

Fernando García Maroto (Madrid, 1978) es licenciado en Ciencias Matemáticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente trabaja como profesor de enseñanza secundaria, actividad que lleva desempeñando desde el año 2004 y que compagina con la escritura.

Ha publicado las novelas La geografía de los días (2010), La distancia entre dos puntos (2011; LcLibros, 2014), Los apartados (Editorial Eutelequia, 2012), esta última galardonada con el Premio Eutelequia de Novela, convocado en el año 2011 por dicha editorial. Su novela más reciente lleva por título Que se enteren las raíces (Triskel Ediciones, 2015).

portada

Bajo el título de La vida calcada (Editorial Paroxismo, 2013) aparece su primer libro recopilatorio de cuentos, cuya primera edición ve la luz en México y EE.UU.

También forma parte de los colectivos La Espiral Literaria y Mordistritus, donde han aparecido publicados varios de sus cuentos, y es miembro de la plataforma digital Escritores Complutenses. Asimismo, ha colaborado con distintas y numerosas revistas de creación literaria, tanto en España como en América Latina, y con la revista cinematográfica digital Miradas de Cine.

Próximamente publicaremos en Uno y Cero Ediciones una colección de relatos, Arquitectura del miedo.

Si quiere conocer la página web de Fernando Maroto, pulse aquí.

Incluimos a continuación un avance del capítulo I de su novela: Que se enteren las raíces:

Aquella tarde, por primera vez en varios días, durante un instante infinito, irrepetible, y gracias a ―o por culpa de― la tormenta, cuya violencia del principio era ya tan sólo un recuerdo insistente de gotas cayendo con la uniformidad y el tesón de lo que parece durar eternamente y persistir al margen de la voluntad y el deseo, Lezna dejó vagar libre a su pensamiento, permitiéndole unas vacaciones de ese trabajo a tiempo completo en el que se había convertido su vengativa idea inicial, ahora obsesión enfermiza, de matar a un hombre.

Encerrado en su coche esperando aburrido a que la lluvia cesara definitivamente, fumando otro Ducados, el quinto de la lista si el cenicero abarrotado de colillas no mentía, Lezna pudo oír una y otra vez el golpeteo filamentoso del agua contra el capó derramándose del cielo gris oscuro que había estado amenazando la mañana entera, siniestro e indeciso, hasta no poder ya más y descargar por fin, furioso, en ese preciso momento, toda la rabia acumulada. Una bruma llorosa de regueros condicionaba su visión, y él se esforzó en vano por distinguir a través de los cristales del automóvil formas nítidas en lugar de esas construcciones borrosas y diluidas, melancólicas, que ocupaban su atención y le distraían torpemente. Había apagado el motor del coche hacía rato, y el limpiaparabrisas, inactivo, no podía devolver a las cosas su familiar consistencia de roca. Lezna se encontraba sumergido e inseguro, como dentro de un pantano. El exterior, con todo lo que allí había y él conocía de memoria, aparecía confuso; sólo dentro del coche podía verse con razonable claridad, tampoco excesiva, pues el humo rizado y azulón de los cigarrillos permanecía machaconamente suspendido en el aire del interior, cargándolo aún más, transformando el utilitario en un invernadero tóxico, cancerígeno y mortal. Así que bien mirado, aunque nada se veía realmente bien, tanto dentro como fuera todo era confuso.

Quizá las cosas participaban en ese momento de aquella confusión malsana que crecía y crecía extendiéndose como la peste por la mente congestionada de Lezna. Ni siquiera se veía capaz de asegurar que no fueran sus ojos los que estaban llorando y dotaban a su periferia de esa cualidad húmeda y tristona. Pero no, de ningún modo podía ser así: sus manos velludas y venosas, esas manos culpables aunque pasivas, se recortaban perfectamente entre tanta niebla, troqueladas; y el edificio de enfrente era una enorme y solitaria masa babosa de ladrillos escurriéndose eternamente y de nuevo volviéndose a levantar en un pobre remedo del divino castigo de Sísifo.

Dio gracias a la lluvia por esa tregua inesperada. Había durado apenas una decena de minutos, y no necesitó ni uno más. Quién le hubiera dicho a él que la primera tormenta del otoño bastaba para hacer olvidar un asesinato. Ahora la obsesión, descansada y fresca, volvió a la carga cebándose impune, a la manera de las enfermedades degenerativas, con ese que paradójicamente le había dado la vida o se la concedía indiferente. Lezna era consciente de que aquel asesinato que le subyugaba y le preocupaba, más por cuestiones técnicas y morales que por las estrictamente legales o punitivas, todavía no se había producido; pero con la misma certeza que conocía ese hecho irrefutable y provisional, también supo que no tardaría mucho en suceder. Y eso ya sí que sería irreversible. La muerte sería irreversible, igual que su sentimiento de culpa. No le valía de consuelo no ser él mismo el brazo ejecutor: sus manos, esas que tan bien se veían dentro del coche, sólo tamizadas por un tenue velo denso e hipnótico, acabarían manchadas de sangre por el simple hecho de desear la muerte y haberla encargado como un pedido al supermercado: un programado y nutritivo abastecimiento de venganza. Tenía la seguridad de que Rengo no le fallaría, por la amistad que los unía, que superaba con creces esa definición raquítica pero que ambos no podían nombrar de otra manera por falta de un sustantivo mejor, más adecuado al caso.

―Sólo tú puedes hacerlo; porque eres capaz y el único en quien puedo confiar y delegar una tarea semejante ―le había confesado Lezna a Rengo, exagerando la amargura en el tono de voz y los sentimientos en la sencilla puesta en escena. También apeló con aquellas palabras conspiradoras a la vanidad del otro; y por último empleó la frase que sellaría el compromiso con sólo pronunciarla―: Además, me lo debes.

Rengo cumpliría a la perfección con el papel que le había tocado en suerte en esta representación macabra. No rechistaría, no haría preguntas innecesarias ni diría nada porque lo sabía todo, y aplicaría la fría indiferencia que regía indolente su vida actual para llevar a cabo de la mejor manera posible esa labor irreproducible, innombrable que Lezna le había asignado. Sí, Rengo cumpliría; ejecutaría. No podía ser de otra manera.

Pero al que le tocaba ahora cumplir con su rol del momento era a él, a Lezna. No había sabido cumplir mejor con su papel de marido, para el que desde luego no había nacido ni mucho menos se había preparado: él, que preparaba y trataba de controlarlo todo, hasta el más mínimo detalle, de su existencia, pero del que nunca se quejó, podía jurarlo, y contra el que nunca, jamás se rebeló; sólo ahora, cuando la sospecha gelatinosa de que Elisa tenía y ocultaba un amante había cobrado el empuje suficiente como para convertirse en evidencia y molestarle, amargarle, inquietarle e interrumpir sus proyectos. Y Lezna había jurado suprimir al amante como se espanta una mosca testaruda, zumbona e insoportable una tarde de verano, fuera quien fuese ese amante pues todavía no tenía nombre ni cara, ya que precisamente tal descubrimiento también formaba parte de las prestaciones que Rengo debía aceptar, o con su silencio ya había aceptado.

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