Jose María Pérez Álvarez

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José María Pérez Álvarez nace en O Barco de Valdeorras (Ourense) en 1952. Autor de novelas y cuentos tiene, entre otros, los premios Hucha de Plata y Gabriel Miró (cuento), Felipe Trigo y Ramón Sijé (novela corta) y el Constitución y Bruguera de novela. Colaborador de revistas, diarios y páginas web, entre sus obras destacan Las estaciones de la muerte (1987), Nembrot (2002), Cabo de Hornos (2005), La soledad de las vocales (2008) y Tela de araña (2013).

Capítulo de la novela inédita Examen Final

Ermitaño, santón, asceta, morabito, estilita, anacoreta: el hostal es tu gruta, tu columna, tu ermita, tu desierto, tu refugio: el territorio donde eres continuamente tentado, donde te flagelas y ayunas y mueres. Vives extramuros del mundo, ermitaño: tú te buscaste la soledad y el precio es alto. Pena ahora al margen de los otros, santón. Esta tarde te visitó el Hespíritu Santo en su convencional forma alada: una paloma entró por la ventana abierta y permaneció en lo alto del armario: he ahí al culpable de tu glosolalia, asceta, ese repugnante bichejo que revoloteó sobre la mesa, te estudió de perfil, desordenó algunos folios y alzó vuelo hasta el saliente del armario, como en una estrofa de Juan de la Cruz. Quizá fuese una tentación, morabito, una alucinada tentación que te observaba mientras bebías el whisky del atardecer: se desgajó de su bandada para venir a visitarte. Tal vez trate de decirte algo, estilita, en un lenguaje incomprensible, en un lenguaje absurdo: luego el Hespíritu Santo y tú sois glosolálicos. También Marcela lo era. Vinculado, pues, al mundo zoológico, ¿cómo iba a comprenderte alguien, anacoreta? La causa de que rechacen tus novelas, ermitaño, es tu cercanía de la divinidad: Dios es el origen de tus inéditos. Divina, sí, pero animal al fin, la paloma deja caer la papilla blancagris de su excremento que hace chop contra el piso: mensaje celestial, santón, que te incomoda. Para equilibrar el duelo te cagas en su alma alígera. Miras la mierda de tiramisú sin descifrarla: su mensaje sólo está al alcance de los elegidos, menores en número que la mies. (Luego el suspenso en religión fue injusto.) Parpadea el bicho y observa la desolada amplitud de tu retiro en el que te guardas de los demás, asceta. No te encuentras a salvo, lo sabes, pero verás llegar al enemigo: vela porque desconoces el día y la hora de la arribada de las hordas salvajes, morabito. Extraviada en tu desierto, la santa palomita no hallará víveres con los que alimentarse aunque de momento no corre peligro de desnutrición: he ahí, estilita, la segunda deposición del hespíritu: el helado de nata y pistacho de su puta mierda, el maná de su don de lenguas que aterriza exactamente encima de la primera. ¡Qué puntería! Cuán solo estás, anacoreta. Ermitaño, santón, asceta, morabito, estilita, anacoreta: vas perdiendo las fuerzas como la paloma excrementos: sólo posees el dolorcito y el whisky que rellenas contra toda prudencia. Ah, y la novelita. Agradeces la generosa piedad del Hespíritu Santo cagón que no se ha posado en la mesa y ensuciado el folio que emborronabas con el episodio del análisis sintáctico y morfológico de las tetas de Diana: para llenar de mierda un papel, no necesitas ayuda. Ni humana ni divina ni animal. ¡Mierdecitas a ti!, que dijo el otro. Anacoreta, estilita, morabito, asceta, santón, ermitaño: te has cerrado todas las puertas. Ahora sí: nadie pregunta por ti en ningún lugar. Ahora sí: eres invisible. Ahora sí: estás muerto. Tú te lo has buscado. Tu yo se ha transformado en un tú miserable que nadie reclama: ni Erótida, ni Ester, ni Lucía, ni Eduardo, ni Diana. Sólo en ocasiones Leonor Vicario coge el menosprecio de ese tú y lo solivianta. Pero confiésalo: te apartaste del mundo voluntariamente así que no culpes al mundo de tu soledad, ermitaño, santón, asceta, morabito, estilita, anacoreta. No confíes siquiera en la fidelidad de las palomas. Escribe esa frase que podría firmar Salvador Ríos Soler: declina la tarde. ¡Eso es! Declina la tarde y el palomo de los cojones parece aburrirse en lo alto del armario que un día albergó miles de ojos: glaucos, azules, negros, grises, castaños, verdemar, amarillos, rojos, violetas, naranjas: ojos de tantos colores como los fuegos artificiales de las fiestas en el barrio, cuando la doctora Mariño recurrió a un lenguaje glosolálico y habló de hemogramas, esteatosis, abstinencia y muerte. Tú, insensato, cantabas a Serrat. El bicho mueve sus patas despreciables y amputadas: te preguntas dónde y cómo pierden las palomas sus dedos: no hay en el mundo una paloma completa. Se gira en una esquina de su base y abre las alas. Calienta motores. Es fea de carajo, la puta: el plumaje tiene la misma coloración que sus excrementos. Las palomas son la mierda del cielo. Despega del armario con un vuelo rastrero, inseguro, torpe: enfila el azar de la ventana y sale al exterior. Ahí te quedas, anacoreta, estilita, santón, morabito, asceta, ermitaño, con tu whisky, tu dolorcito, tu soledad y dos santas cagadas. Ah, y la novelucha glosolálica. Así que son tres cagadas laicas. Cuenta bien, no hagas trampas. Las dos cagadas+la novelita=tres deposiciones. Aprobado en matemáticas, monstruo.

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One thought on “Jose María Pérez Álvarez

  1. Mmmh…

    No sé si alegrarme de la coincidencia… de Santo poco, en cualquier caso.

    Buen relato.

    La falta de espaciamiento entre párrafos resulta un tanto denso al ojo, pero ignoro si es una característica de este medio digital o es estilísticamente intencionado.

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