Luis Moliner

larroy

(Fotografía de Enrique Larroy)

 

Luis Moliner, licenciado en Filología Románica por la Universidad de Zaragoza, se doctoró en Literatura en la City University de Nueva York, ciudad en la que vivió seis años. También ha ejercido de profesor en Madrid, Lisboa, Bruselas y Roma. Ha publicado una novela: Los pelirrojos ángeles de la izquierda (1974, Premio Ciudad de Barbastro), un libro de ensayos: Respirar. (La palabra poética de Antonio Colinas) (Devenir, 2007) y varios libros de poesía: Los cuerpos en el límite (1987, Premio Isabel de Portugal), Balada de la misericordia (Devenir, 1989), Bethel y Música (Prensas Universitarias, Zaragoza, 1992), Círculo de tierra (Endymion, 1993) y El reino intermedio (Pavesas. Hojas de poesía, 1998).
En Roma obtuvo el Label Europeo delle Lingue.

El poema “Oleada del oro” es inédito:

Me sorprendió la noche en dominio de lobos.
Los ojos catatónicos de las lechuzas daban
circularidad a las sombras
y hacían girar la noche en planetas
orbiculares, mínimos
y ensimismados:
a los primeros aullidos lucieron
como sagradas formas plenas de horror vacui
y de conocimiento. Esos ojos –después
lo supe- solo ven lo que no ven los ojos:
el vacío abisal de la sabiduría
y la muerte que viene, la muerte, eso ven,
contaba el posadero alimentando el fuego.
También dijo, escupiendo en la llama,
que no eran lobos, que aquellos aullidos
también el corazón de los lobos helaban.
Y sobre las brasas trazó un triángulo
(¿una flor abierta?, ¿un laberinto?
¿la cifra acaso de un estado
de la materia nuevo?),
y un aro de fuego que conmovió
el orden sacro de las trébedes.
El agua rugió trasmutada.
Un alma entre las llamas se volatilizaba
con lamentos agónicos y el plomo se posaba
en el fondo de la marmita. Lobos
no eran. La lámina de ceniza
guardó las señales en el rescoldo.
Dijo también que había un tren de madrugada.

Pero toda la noche oí pasar los trenes
blandos sobre raíles paralelos.
Se enmarañó el sueño de raíles de acero
alzados de la tierra o colgando del cielo,
qué más da, dijo el maquinista,
subir o bajar es el mismo
camino. Y las vías retorcidas
escalaban en la noche de hierro
como tallos erectos y bruñidos
y barrocos, y una luz gris grasienta
de hiedra reptaba, reverberaba.
-Hace tiempo que espero –dije-.
-¿Qué esperas?
-No sé.
El posadero –dije- ha liberado un alma.
Vi el brillo en sus ojos como pozos de azogue
en el carbón del rostro. El maquinista dio
un silbido salvaje, hermético y partimos.

Os contaré el paisaje. Siempre yace en el fondo
de la memoria una luz que alimenta
la tierra que somos. Son restos
y semillas de una tierra que amamos
antes de la conciencia del amor
o desamor, antes de la incerteza,
del terror o del vértigo de las fragmentaciones,
de las desgarraduras, de la acuciante nada.
Entonces, en ese tiempo que ya
no existe, el paisaje carecía
de las grietas donde la muerte encalla
y la tierra callaba que el paisaje
viaja un día en un tren de madrugada
hacia la misma luz, el mismo tiempo en marcha
hacia la misma parada. Volver.
Volver a tu luz, la luz es tu tierra.

El tren se detuvo en el mediodía
prendido. Era todo sol y todo
en la naturaleza dudaba de su estado:
vidrio el agua; el aire, fuego;
sílex el vuelo lento de los pájaros.
La luz reverberaba en sus trasmutaciones
y su fulgor borraba las huellas de la mano
incendiaria. Batían silenciosas
olas de luz, neblina que flotaba
en la deshilachada
ceremonia de la disolución.
Ninguna traza humana
permanecería en esa hoguera.
Solo un residuo de otra luz plomiza,
como un regato que corre lunar
y denso a esconderse bajo las piedras
para esperar la noche,
aseguraba ser lugar
pisado por el hombre.
Todas las cosas asumían ser
tan solo dilatadas formas de aquella rosa
momentánea en brazos del mediodía en llamas.
Sobreabundante,
la luz cegaba
todas las puertas
del laberinto de la rosa.

Delante de aquellas puertas el mundo
se replegaba: las imágenes,
en una gasa transparente;
las palabras, en nada.
Una conciencia única
era la que miraba
y la que yo miraba.
Y en esa tensión, el flotar del mundo
inerme, irreal. Inútil
fue buscar una cifra entre mis hojas,
una palabra clave
con la que abrir el resplandor,
de lo escrito quedaba solamente una lámina
de ceniza borrada.

Fulgor sin tiempo fueron las palabras.
Hoy alimentan ascuas encendidas
para un despertar en llamas.
Entrar en el laberinto de luz,
en la corola estática,
en el instante de la rosa,
-me había dicho el posadero
trazando misterios sobre las brasas-
no es cosa de experiencia.
Su no-acontecer
se revela en el tiempo
residual de la palabra. Palabra
que no sucede, que tan solo alumbra
lo que aún no has vivido,
pues no es el pasado
lo que ha de revivir en la palabra,
es su tiempo preciso
que brota de su vientre
como fruto maduro
fuera de temporada.

A sí misma la luz se genera en el tiempo
de la luz. No es el tiempo del mundo.
En la irrealidad del mundo
mecido por la llama en su corola,
en la irrealidad de las palabras
circulares como ouroboros
apoyé un pie desnudo, ascendí
una escala que borraba mi cuerpo,
el oro borraba mi cuerpo,
¡ah la lluvia de oro sobre el cuerpo de Dánae!,
pero nada acontecía en mí, nada
que no fuese el estallido del oro,
la oleada del oro. La erosión
del oro como ácido disolvía mi cuerpo
en el tiempo del oro, ¡pero si era oro
lo que bebía!, ¿qué otra cosa
respiraba si no era oro?,
¿qué germinaba y qué crecía
sino el oro en los recintos secretos
de bronce abiertos y fundidos?
Borraba mi cuerpo muy poco a poco,
pero yo sentía en mis plantas
aquello que pisaban:
la seda de la rosa,
el helor triangular de la sierpe,
su esclava mordedura.

Share this post



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Uso de cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso. Puede obtener más información, o bien conocer cómo cambiar la configuración, en nuestra política de cookies.