Miguel Casado

Miguel Casado (Valladolid, 1954) es autor de una amplia obra poética, crítica y de traducción. Como poeta ha publicado Inventario (Premio Hiperión, 1987), Falso movimiento, La mujer automática y Tienda de fieltro; libros suyos han aparecido en francés y árabe, así como en traducciones al portugués, inglés, alemán y neerlandés. Su escritura crítica se recoge, entre otros volúmenes de ensayo, en Apuntes del exterior, La poesía como pensamiento, Los artículos de la polémica, Deseo de realidad, La experiencia de lo extranjero o La palabra sabe. Traductor de Francis Ponge y Arthur Rimbaud, sus trabajos más recientes son dos libros de Bernard Noël: El resto del viaje y otros poemas –en colaboración– y Diario de la mirada. Forma parte del colectivo Estudios de Poética, y actualmente publica la columna Tienda de fieltro en El Norte de Castilla y en la revista mexicana Periódico de Poesía.

Políptico de la balanza

OCUPABAN TODOS los asientos
como una multitud quieta y antigua,
se apoyaban espalda
con espalda, la gorra negra
hundida hasta los ojos.
Saltaron dos, trastabillearon
hacia la puerta del andén: “pasó
diez minutos más tarde
que el lunes”. Murmuraban aún
al regresar. Los trenes iban y venían
con pocos viajeros. En otro pueblo
eran las fiestas; ante una bocacalle
de la que salíamos, las diez jóvenes
se apretaban mirando a la gente,
rígidas al agarrarse cada una
a un aro de metal. Miraban
como esfinges. Las hundía en el suelo
la máquina de feria, aullaban, apenas
se veían los dientes del mecanismo.

                *

NOS DABA datos del bar –”todos
lo conocéis”–, buscaba sitio allí
durante años, había una niña
jugando entre las mesas, mientras
él intentaba escribir, creció
con los vasos de vino. Hace poco
volvió a entrar y aquella cara
atendía la barra desde otro cuerpo.
Qué raro es ser poeta –”que a nadie
se le ocurra ir a contárselo”. Jugaba a veces
al mus, un día preguntó si la frase
que acababa de decir era adecuada,
si era precisa, le contestaron que sí;
no volvieron a invitarle al juego.

                *

EN LOS cristales del autocar
se ven los campos verdes y las hileras
de olivos, pero también, oblicuos,
los campos de la otra orilla y los coches
en ambas direcciones, los rostros
de los pasajeros que dan la espalda
y mi libro y el gesto del conductor
–hace el diseño de su asiento
que vaya botando, como una ambulante
atracción festiva. Es un extraño aleph
donde se reúne todo y también se confunde.
Leo en un anuncio:
UCEDA OROZCO terrazos –lisas
placas minerales remiten
a las dos poetas, en Yuncler.
Hay otro problema con la balanza:
qué se podría pesar en ella, incluso
si se recogiera de aquel vertedero
donde quedó, se restaurara,
qué se podría pesar. Por la mesa
vuelan bandadas de vencejos, cruzan
el papel, la discontinua
caligrafía negra.

                       *

CON SU chaqueta desgastada y sus cristales
gordísimos, el más triste
y el histriónico, el serio de vida,
el duende inconcebible. Como Serafim
nadie improvisaba los cantares
del Minho –a veces, en una estrofa
sólo repetía el mismo verso, lo encendía
y apagaba, espejeaban todos los sentidos
como en él, serpeaba una vibración
entre la risa. Estrechó largamente
la mano y apuntó con el dedo
a su insignia de ETA militar: “viví
en Irún en los setenta,
ya sé que ahora no es lo mismo,
pero yo viví allí”. No puedo acordarme
de si hablaba en su lengua o en la mía.

(Del libro Tienda de fieltro. 2004)

                   *

Un cielo como la palma de la mano

“Ciertamente yo sabía que hablar sin rodeos atrae la desgracia”, se lee en el Li sao [La partida, la tristeza], cuando arranca la lírica china en el siglo IV a.C. Lo firma Qu Yuan, primer poeta de nombre conocido, y el lamento autobiográfico, la tristeza que atraviesa la voz, se mezclan con la denuncia del destierro: lo privado y lo público se hacen inseparables en el dolor. Quizá tal síntesis explica la vigencia del mito de este poeta, junto a su suicidio en el mismo río que cruzaba por sus textos: aún se le recuerda cada 5 de mayo y se arrojan a la corriente tortas de arroz para que su espíritu pueda alimentarse. Si el cancionero del Norte, de similar antigüedad, se asocia al confucianismo y, con él, al ejercicio de la simulación y la docilidad como formas de integración social y de respeto al poder; el cancionero del Sur, cuyo núcleo son las obras de Qu Yuan, abriría la veta crítica y elegiaca de la más alta poesía china. Su Tian wen [Preguntas al cielo], enigmático elenco de preguntas sin jerarquía ni respuesta, resuena aún como un himno al conocimiento, que es pasión y es necesidad: “Las imágenes se sucedían como batir de alas; / ¿cómo las reconocieron?”
Liu Xiaobo vendría a inscribirse en esta radical disyuntiva. Premio Nobel de la Paz en 2010, como es sabido, disidente de larga trayectoria y variadas prisiones (cumple su última condena desde 2009), el volumen No tengo enemigos, no conozco el odio (antología de ensayos y poemas preparada por su mujer, Liu Xia, poeta y fotógrafa*) sitúa esta reflexión cultural, casi antropológica, en el centro de sus preocupaciones, más arraigada aun en él que las propias demandas políticas. Liu Xiaobo traza la genealogía de las voces y corrientes críticas que se negaron a asumir la tradición como un todo uniforme que debía seguirse disciplinadamente, que trataron de distinguir líneas, de mostrar las contradicciones de la vida del pasado –criterio, por otra parte, quizá no asimilado todavía entre nosotros, que, por ejemplo, nunca nos hemos planteado en serio por qué nuestra época clásica, los nombres mayores de las letras españolas, parecen formar una inquietante cuerda de presos–.
Liu reconstruye una genealogía crítica y se fija sobre todo en dos movimientos modernos: el del 4 de mayo de 1919, cuya figura central fue el poeta y narrador Lu Xun, y el del Muro de la Democracia, en octubre de 1979, cuando los poetas Bei Dao y Mang Ke se manifestaron en Pekín junto con decenas de artistas contra el cierre de una exposición, y los acontecimientos que siguieron. Contrastarían ahora esos focos de luz con el “paisaje espiritual” del país, objeto de implacable análisis desde una perspectiva ética y de valores: dictadura, corrupción, servilismo, banalidad, avaricia, consumismo, “carnaval erótico”, vulgaridad, telebasura, falta de exigencia intelectual… componen un cuadro vivamente pintado, salpicado de episodios y personajes concretos, en el que quizá podamos reconocernos con menos distancia de la que pensaría él (que nunca pronuncia la palabra capitalismo, en un significativo punto de ceguera). La tradición milenaria no es un seguro de nada; al revés, solo parece proporcionar coartadas; pero tampoco el autor se absuelve a sí mismo: “sigo siendo una rana en el fondo del pozo, en mi vista tan solo el cielo del tamaño de la palma de una mano”.
Busqué los libros de Liu Xiaobo cuando descubrí que era poeta. Profesor de literatura en Pekín, huelguista de hambre durante los hechos de la plaza de Tiān’anmén en 1989; desde entonces se le prohibió enseñar y publicar en su país, de modo que ni sus compañeros de disidencia conocían su escritura más personal. El editor de sus poemas en Estados Unidos, el poeta Jeffrey Yang, confiesa no haber conocido su poesía hasta 2009; precisamente, el fruto de su labor de edición, Elegías del 4 de junio, trae una propuesta intensa y de fuerza infrecuente. Cada 4 de junio, a lo largo de veinte años, en casa o en la cárcel (“Sol calendario hecho añicos / Toda mirada se detiene / en esta página única”), Liu escribió un poema recordando a los muertos por el ataque militar de aquella madrugada. El título en chino, 念念六四 [niàn niàn liù si], no contiene la palabra elegía, duplicando en cambio un verbo que significa pensar, leer, echar de menos; duplicar es un uso común, coloquial, a veces para sugerir que se haga algo –más suave que un imperativo– o quizá, en este caso, cierta obsesión: recuerda el cuatro de junio, no dejes de recordarlo.
Escribir cada año, escribir como una acción. Contra el silencio oficialmente impuesto, también contra el silencio que la rutina cotidiana teje como comodidad. En la línea que abrió hace tantos siglos Qu Yuan (“Nunca su valentía ni su vigor podrán sufrir ultraje. / Su alma celeste, su alma terrestre, intrépidas, / los hacen los más valerosos de los fantasmas”); pero más allá. Sin puntuación, sin concesiones, con voz atormentada, imágenes de raíz expresionista, Liu Xiaobo acude a una cita anual con los muertos, los evoca conocidos y desconocidos, como eran y como el tiempo habrá ido royéndolos, cuerpos y espectros, un mantra que no cesa de venir, se repite como pesadilla y también como corrosión activa en su interior, que le amenaza siempre, le exige y le salva.
Porque la lógica del superviviente es la vergüenza, el sentimiento de culpa: el poeta se revuelve contra sí mismo y afila ahí el dolor de su oscuridad existencial. Los poemas intercambiados con Liu Xia hacen de ese sentimiento el hilo conductor de una correspondencia en cuya angustia, brutal en su nitidez (“la única brutalidad es la del alba / la pureza del alba”), parecería que sobrevivir acabara siendo una empresa ajena a la vida. Me viene el recuerdo de las cartas de Gramsci. También el título de un ensayo de Jakobson: “De una generación que desperdició a sus poetas”. Y Liu Xia responde: “¿Es un árbol? / Soy yo sola / ¿Es un árbol en invierno? / Es así todo el año”.

Lecturas:
Liu Xiaobo, No tengo enemigos, ni conozco el odio. Traducción de Juan T. Ruiz. Barcelona, RBA, 2011.
–Elegías del 4 de junio. Prólogo de Jeffrey Yang. Traducción de Eugenio Suárez-Galbán. Madrid, Kailas, 2012.
Qu Yuan, Li Sao, Jiu Ge et Tian Wen. Introducción y traducción al francés de Jean-François Rollin. Giromagny, La Différence, 1990.
Eliot Weinberger, “¿Cuáles eran las preguntas?. En: Rastros kármicos, traducción de Aurelio Major, Barcelona, Emecé, 2002.

(Este texto ha sido publicado en “La sombra del ciprés”, suplemento del diario El Norte de Castilla)

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