Pilar Blanco Díaz

(Fotografía de J. del Amo)

Pilar Blanco Díaz nació en Bembibre (León). Es profesora de Lengua y Literatura en Alicante.

Por su sangre circulan savia de castaño y aguamar.

Tiene amor. Tiene un hijo. Tiene el hierro candente de la poesía.

Ha publicado hasta la fecha doce libros de poesía y varias plaquettes: Voz primera. Poemas de amor y agua, Barro 1982; Mundos disueltos, Algaida 1998; Vocabulario íntimo, Instituto de Cultura Juan Gil-Albert 1998; A flor de agua, Visor 2000; Mar de silencio, Ayuntamiento de Las Palmas, 2004; Ceniza, Hiperión, 2004; La luz herida, Algaida, 2005; El jardín invisible, Rialp, 2007; Zarzalúa (en gallego), La Coruña, 2007; Bruma de mar y tiempo, Fundación Miguel Hernández, 2010;  Con la cal en los dedos, Colección Provincia. Instituto Leonés de Cultura 2012; Alas los labios, Olcades Poesía, 2013; Agua que fluye y sueña, pliego 154 de Els plecs del Magnànim, Diputación de Valencia 2013 y Raíces de la sangre, Eolas, 2014.

Figura en antologías como Ilimitada voz. Antología de poesía escrita por mujeres a cargo de José Mª Balcells, Universidad de Cádiz 2003; Nuevas voces y viejas escuelas en la poesía española (1970-2005) Estudio de Juan Cano Ballesta, Atrio, Granada, 2007; “Luces de cabotaje: la poesía de la transición y la generación de la democracia en los albores del nuevo milenio”, artículo de Juan José Lanz, Monteagudo 2008; La musa funámbula. La poesía española entre 1980 y 2005, de Rafael Morales Barba, Huerga y Fierro Editores; En el nombre de hoy, XXV Aniversario del Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma, Visor, 2015.

También ha colaborado en revistas como Zurgai, El caracol del faro, Piedra de molino, Barcarola, Exlibris, Losada, Trecetrenes, Poemad etc. Ha recibido, además, distintos premios de poesía entre los que destacan el Francisco de Quevedo, Madrid, 1995; un accésit del IX Premio Jaime Gil de Biedma, Segovia, 1999; El Premio Internacional Miguel Hernández, Orihuela 2003; El Premio Alegría José Hierro, Santander 2005 y el San Juan de la Cruz, Ávila 2007.

Seguramente le interesará conocer su blog; La estación florida.

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Incluimos a continuación tres poemas de Pilar Blanco, dos de ellos son inéditos:

VII

Estarse sentado viendo caer la lluvia. Como hace tantos años, espuma de los años,

sugerencia de lluvias ya perdidas.
Estar sentado contemplando una vida que fluye detrás de los cristales, que arrastra el

desperdicio de lo nunca cumplido, que bulle en veladuras. Que es tuya y no lo es.
Llegas al espectáculo cuando todo termina.

Te quedas en el margen. Limitas

con tu invisibilidad.

Los ojos advierten, pero nadie domina su oleaje.

¿Quién, entonces, vigila al que vigila?

¿Quién calibra el espejo

y encara al que interroga frente a su propio abismo?

(De Vigía de tu paso, próximamente en Chamán Ediciones).

 

Los heraldos

Deja la muerte su harapo negro sobre las luces de esta primavera, sobre el festín de un mayo estremecido.

Dejan las palabras su sonsonete amargo, su frufrú mentiroso que no mueve montañas ni abre en dos el mar Rojo de la esperanza.

El agua su cadena de dolor y de ahogados. El fuego su alma intensa que alza gritos y niños.

Es la vida, el oro cotidiano del vivir con la muerte engarzada. Ser y no ser a un tiempo.

Luego el reptar del sol sobre la piel, la afirmación del pájaro, los pulmones que apartan
su existir sumergido para traer con ellos otra resurrección, una más;

ser que de nuevo arrincona al no ser y se apunta otra victoria. La del aplazamiento.

Que estos heraldos negros nunca advierten en vano.

(De De donde huyó la luz (inédito))

 

Filo

Entre el nunca y el siempre anida la angustia con sus mil patas y su ojo único.
(Octavio Paz)

Esta es la historia de una única herida, su sal y su gangrena, su costura y su hilo.

Has sido elegida por ella, le has prestado rostro y memoria;
recibes su sutura.

No es olvido. Es aceptar que giren los planetas. Que se apure el reloj.

Es desmontar y volver a construir el engranaje de la esperanza; orear la palabra para que pierda moho y amargura; para que entregue su verdad endulzando los labios del que busca, del que no tiene miedo de lo agraz de la búsqueda.

Dar
al alambre ternura,
al acero temblor.

Arrojas las sandalias. Empiezas un camino que pide desnudez.

El filo de las piedras no hiere, solo las palabras hieren,
desgarra su mentira, herencia helada.

Esta piedra incandescente alberga un corazón,
pero la mirada del otro, el nunca más amigo, es ya materia inerte.

Enigma. Geometría cerrada.

El sello de los labios recoge los secretos,
la raíz de los labios alimenta la lengua;
desde ella el conjuro:

«No me des sabiduría. Dame pasión para buscarla».

Eres un pozo. Eres un camino con un pozo;
eres la sed del caminante y el alivio que se le brinda, agua de todos.

Pasar pues.
Beber pues.
Alejarse.
No retener.

Nada más hermoso que ese sentirse agua, ala rota del pájaro, lo fugaz que germina.

Lo frágil que persevera en tiempo y mármol.

(De Erosiones (inédito))

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