“Tránsito de la piedra”, de Luis Moliner. (Sobre “Cinco”)

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(Fotografía de Emilio Ruiz Zavala)

El poeta y escritor Luis Moliner escribió esta reseña, que lleva por título “Tránsito de la piedra”, en 1989, cuando se publicó Cinco (Sobre el Doncel de Sigüenza), de Teresa Garbí, con fotografías de Emilio Ruiz Zavala, en Hiperión, 1988. Años más tarde, cuando celebramos el segundo aniversario de la fundación de Uno y Cero Ediciones, la publicamos, con la certeza de que este bello texto alumbrará las palabras y las imágenes de Cinco:

 

TRÁNSITO DE LA PIEDRA

El exilio de la piedra es, en rigor, la pérdida del centro.
J. A. Valente

 

¿A la piedra, como al viajero, “le corresponde la sed infinita, el camino hacia la nada, la búsqueda del maravilloso sortilegio, el viaje eterno”?

El viaje es una rosa de piedra, un caracol de piedra que desarrolla su espiral afanando un centro perdido, un centro de piedra. Y el viajero que ha sentido la sed ya no podrá apagarla, sin otro oficio ya que el ir hacia ese centro.

Pero hay otros centros en el camino, jalonado de centros. Y el viajero ha de recorrerlos paso a paso, pues son esos centros los que le irán proyectando hacia el otro centro, el centro de los centros. Ya San Juan de la Cruz advertía del centro de los centros recurriendo a la imagen de la granada y sus granos, no vaya el viajero a creer que un centro excéntrico es el centro definitivo. Así, la piedra, como el viajero, en su tránsito, recorre, pero no se instala ni se aduerme, todos sus centros antes de devenir flujo o música.

Lo mismo acontece a la palabra, cada vez más delgada, acaso hasta alcanzar la figura que le permita pasar por el ojo de una aguja, figura ya del fluir, del fluir de la piedra, palabra de piedra, centro, síntesis de los nombres, el nombre.

A mí me parece que Cinco, de Teresa Garbí, nos propone eso, el tránsito del viajero, de la palabra, de la piedra a su centro. Y comienza como comienzan las teogonías, con el hálito de los elementos diferenciándose de lo indistinto, individualización tal vez injusta mas necesaria: lo preciso para que el hombre, otra penosa individualización, caiga en la cuenta de que hay un quinto elemento envolvente, el “tiempo” en donde se mezclan los cuatro elementos fundamentales, su líquido genésico, su síntesis, lo eterno.

“El fuego –dice Teresa Garbí, como lo dijeron Filolao y los pitagóricos- brotaba en el centro”. Y el fuego brota para extender y para condensar, en ese doble movimiento empedocleano de expansión y síntesis que explica tanto el nacimiento de los astros y del hombre como su reducción a un cuerpo de armonía. Así es como se establece el monólogo primero, el diálogo después, en un estado más avanzado de diferenciación (de gestación) del agua, de la tierra, del aire, del fuego. Es un movimiento original, embrionario, el murmullo de las entrañas:

“El agua dijo: hago un murmullo superior a las palabras, semejante al murmullo de la vida, igual a un trémolo”. (Pág. 16).

Ritmo cósmico en una orquestación de elementos vitales que se van interfiriendo mezclándose, penetrándose con dolor:

“Era el fuego y su paso fulgurante; era un dolor, una penetración, (pág. 17) hasta el nacimiento del cuerpo nuevo de lo eterno:

“Cayó la oscuridad. Habíamos salido fuera de nosotros y éramos otro cuerpo, un solo cuerpo” (pág. 20).

El cuerpo de lo eterno está inscrito en el cuerpo del hombre desde el momento original, y el movimiento del hombre, su vida, no será otro que el regreso a ese principio.

Así, el viajero que llega a Sigüenza en busca de la piedra que reposa en su centro, inicia su periplo en la periferia de la rosa, en las últimas circunvoluciones de la piedra, porque sabe –y aquí saber solo es un presentimiento: un sentir que le viene de lejos- que donde termina su ser diferenciado empieza de nuevo su mezcla y su regreso. Es obvio, pues, su comunión con los elementos, su deseo de identificarse con la tierra, el secano, con el agua escasa, con el aire envolvente, con el fuego condensado en roca. He aquí los deseos del viajero:

“Y, sin embargo, viene a Sigüenza en busca de la inmortalidad que sigue ahí, dormida en un cuerpo”. (Pág. 26).

“Porque él solo desea el río subterráneo, (…) Querría enfrentarse con ese aire destilado en el que la nada y la luz convergen”. (Pág. 32).

“Y, por fin, dejarse morir hasta que la piedra nos convierta en piedra e interpretemos su trama y su razón”. (Pág. 33).

¿Conocer la razón de la piedra? ¿No será el final más bien una cesación, un abandono del conocer y del deseo? Lo eterno es un olvido (alcanzar a Buda es olvidarse de Buda, sostienen los místicos del Zen), un olvido incluso del deseo. Pero todavía hay un deseo que queda:

“El viajero abandonó sus deseos para atender al único deseo: el olvido y la muerte”. (Pág. 34).

La muerte no es un final, sino un principio. Y el viaje, una iniciación hacia la muerte. Toda aventura poética es una iniciación, un descenso al Hades, cuando de alguna forma se descubre en la carne que la muerte es el sustrato necesario que alienta la vida.

El viajero, el iniciado que en soledad recorre el camino a través de todos sus centros. Y muy en soledad avanza el viajero de Sigüenza en consonancia con la piedra. Nadie le acompaña y a nadie ve, o lo que ve desaparece ante la deseada visión. Ninguna imagen puede entorpecer la imagen deseada: se vacían las calles, se despuebla la plaza, solo la presencia esquematizada del paisaje, su íntima pobreza es lo que conduce el movimiento. Y la pobreza más íntima es la desnudez de la piedra, su ruina. La ruina es una necesidad vital para la piedra, que ha de desmoronarse para abandonar sus significados. El dibujo de sus arquitecturas será la carnaza para la historia, pero su esencia, la piedra de la piedra, solo en su desmoronamiento, en la ruina, podrá alcanzarse. El viajero que ha abandonado sus deseos, sus significados, lo siente en el alma y se sabe piedra e imita su tránsito y anhela el esplendor de su íntimo corazón de piedra:

“La piedra no es dura ni fría. Algo nos hace sentirnos iguales. Algo muy íntimo nos dice que somos de su misma naturaleza”. (Pág. 61).

Mas en su acercamiento al corazón se advierte un movimiento doble: la progresión hacia el centro a través de los centros y la natural resistencia al centro. En el libro, vemos al viajero rondar sucesivos núcleos: el castillo, desde donde se otea, la casa (cuyo “centro exacto de una emoción pura” se sitúa en el patio vacío), la plaza, donde confluyen las calles, la catedral, centro amparado por una corola de casonas, la capilla de los Arce (donde “La vida se torna leve y sin historia. Todo se adormece y nos hacemos ingenuos y el curso del tiempo se detiene sobre nosotros.”), el Doncel al fin.

Por otro lado, desde el principio se ha ido retrasando el encuentro con el centro donde se intuye lo verdadero. Es ese miedo a lo sagrado lo que hace que el camino no sea línea recta sino espiral, el temor de abordar con palabras lo que de antemano se sabe silencio, el temor también a quedarnos sin palabras. Este es el límite del lenguaje –y si decimos límite debemos ser capaces de contemplarlo desde el otro lado, desde la ilimitación-, la línea divisoria donde la palabra da paso a la visión, a la piedra en su centro. Resistencia, turbación de la piedra ante su exacto asentamiento:

Al viajero le turba el encuentro con el Doncel. (Pág. 56).

Acaso la cesación del desear abriera la brecha de la visión y precipitara a la piedra a su definitivo núcleo, al punto de su respiración desde donde el Doncel, asomado a su abismo, en su hálito, extiende vida, desde su muerte inspirada espira vida. Allí confluyen el viajero, la piedra y la palabra, en ese libro abismático de piedra que dice todo y dice nada, en el libro al que aspiran todos los libros.

Todo, en ese punto, parece arrebatado por el símbolo, toda la figuración abstraída en su fluir esencial, como si los cuatro elementos, atravesados por el éter, alcanzaran un estado más allá de la vida y de la muerte expresado en el número. Larga es la tradición simbólica de los números. Ya los órficos, los pitagóricos, Platón, Boecio, por citar solo algunos pilares de nuestra cultura occidental, intentaron una interpretación simbólica que expresara la estructura del universo. En la capilla de los Arce, en ese centro de piedra, el universo parece fluir en la esencia del número cinco. Consagrado a Afrodita, (Ramón Andrés) la quintaesencia actuando sobre la materia (Cirlot), número de unión, nupcial, de centro, de armonía, de equilibrio (Jean Chevalier y Alain Gheerbrant), podemos encontrar explicaciones a su simbolismo en numerosos autores, pero no me resisto a citar las palabras que le dedica Lezama Lima en Paradiso (Ediciones de la flor, 1972, pág. 441):

“La pentada, el cinco, dijo de nuevo Fronesis como si cantase, compuesto de los dos primeros números. El número hembra, el 2, sumado al número macho, el 3. Es el número esférico, porque multiplicado por sí mismo varias veces, la desinencia del producto mantiene su fidelidad a sí mismo. El rosetón pentagonal, según Ptolomeo. El pentágono estrellado o pentagrama, los pitagóricos y neoplatónicos lo llaman pentalfa, símbolo de plenitud vital. Ley de la Taza de Oro, de los vasos egipcios y griegos. Número de Afrodita, espejo universal, ora pro nobis”.

Poesía en prosa es este libro de Teresa Garbí y bien merece ser
rescatado en edición digital al alcance de los lectores de la buena literatura.

Nueva York, 1989
Zaragoza, 2015

 

 

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