Tres visiones de «Vivir para la muerte», de Vicente Puchol

La novela de Vicente Puchol, Vivir para la muerte, se presentó en Valencia, en la LLibreria Ramón Llull. Participaron en ella Ángeles Casabó, Mercedes Puchol y Claudia Simón. Recogemos ahora, ampliados, los textos que leyeron en el acto. Recomendamos su lectura porque aportan luz sobre el tema que trata: el nazismo. Es necesario leer Vivir para la muerte, cuando la insolidaridad y los nacionalismos crecen en Europa y mantenemos en el limbo a miles de «refugiados».

Vicente Puchol ha escrito una novela de gran calado, comprometida, bien documentada, que disecciona un período tan siniestro de la historia, como lo fue el nazismo y la segunda guerra mundial.

Vicente Puchol, Claudia Simón, Ángeles Casabó y Mercedes Puchol

Incluímos a continuación la reseña de Claudia Simón, licenciada en Filología hispánica por la Universidad de Valencia. Ha trabajado en la Biblioteca Valenciana Nicolau Primitiu, realizando diversas tareas de catalogación en la sección de Archivos Personales de la misma. Ha realizado la descripción del catálogo de Juan Gil-Albert; ha colaborado en diversas revistas como Animal sospechoso, Laberintos, Diablo Texto y ha participacipado en la publicación colectiva de El legado de Rafael Lapesa y en la Antología poética de César Simón Palabras en la cumbre. Su último trabajo ha sido la edición de Un arte de vivir, de Juan Gil-Albert, publicado en versión digital, en 2013, en Uno y Cero Ediciones, y en papel, en la Editorial Renacimiento, en 2016.

 

VIVIR PARA LA MUERTE, de VICENTE PUCHOL.

Quiero agradecer a Mercedes Puchol y a Teresa Garbí la oportunidad de participar en la publicación de esta novela de Vicente Puchol, pues él y su familia han sido siempre muy importantes, tanto para mí como para la mía propia.

Los Puchol han sido siempre un ejemplo evidente para míy los míos de lo que se llama «amigos» en sentido lato, tanto que podemos considerarnos ya como miembros de la misma familia: en muchas de las anécdotas que contaban mis padres, o de Juan Gil-Albert, primo de mi padre, César Simón, aparecen ellos, en sus visitas a la casa familiar de la calle de Colón, por ejemplo, o en diferentes actos culturales en los que participaron juntos. Durante años Vicente y mi padre asistieron, junto con otros escritores y amigos, a una tertulia, cuyo punto de encuentro estaba en la cafetería Finnegans (que ya no existe), encuentros de los que queda alguna fotografía por ahí. Recuerdo con mucho cariño que cuando mi padre estaba ya enfermo, Vicente y María Antonia venían casi todos los sábados o los domingos a pasar la tarde con él. Durante esas reuniones hablaban de todo lo que les interesaba: de su mundo, de las gentes que ellos habían conocido, etc. Alguna vez saldría en la conversación el dato de que mi padre había realizado su tesina de licenciatura sobre el tema de los juicios de Nuremberg, más concretamente sobre la película de Stanley Kramer titulada en español ¿Vencedores o vencidos?, del año 1961 (Judgement at Nuremberg, en su versión original). Ya sabemos que en la película se habla de la responsabilidad de las altas instancias jurídicas, funcionariales y administrativas alemanas sobre los crímenes que se cometieron durante el periodo nazi, en Alemania y en otros paises. Se desarrollaron entre el 20 de noviembre de 1945 al 1 de noviembre de 1946 y sentaron precedente para la creación de un Tribunal Panal Internacional.

En el caso de mi tío, Juan Gil-Albert, cuando en 1947 volvió del exilio, estuvo muchos años viviendo en eso que se ha venido llamado el exilio interior, pero aún así, se encontró con un grupo de amigos, en un primer momento gente de su generación, amigos de antes de la guerra, con los que reestableció su amistad, y pasados unos años se incorporaron a este grupo de amigos otros más jóvenes, entre los que estaba Maria Antonia, y más adelante Vicente Puchol. Participarían en las reuniones de la casa de la calle de Colón, como hemos mencionado antes. En esas reuniones, en las que se hablaba de casi todo, y en las que Gil-Albert, leía ante sus amigos sus textos, con motivo de la celebración de fechas especiales, como su onomástica. Es de suponer que mostraría su interés por el tema del nazismo, que es realmente el tema de esta novela de Vicente Puchol.

Al igual que a César Simón, este tema preocupó mucho a Juan Gil-Albert, y ello lo prueba que, entre los papeles depositados en su archivo personal custodiado en los depósitos de la Biblioteca Valenciana, en la sección llamada «Recortes de prensa», aparezcan ciertos recortes de prensa tomados del diario Le Monde sobre los juicios a Adolf Eichmann que sucedieron en Jerusalén.

Vivir para la muerte, no nos habla de un tema cualquiera, ni tampoco acerca de una época desconocida, o demasiado lejana en el tiempo. Nos habla de una cuestión que directamente nos afecta: el totalitarismo, el fanatismo, la aceptación y sumisión ante este hecho por parte de las personas, que por su formación, deberían estar preparadas para distinguirlo y combatirlo, y con ellas de muchas personas sensatas que sucumbieron y pueden sucumbir ante esta llamada de lo más oscuro e irracional que habita dentro de la mente humana.

Pues ahora mismo ¿no se están viendo casos de totalitarismo, odio y racismo casi todos los días, en Europa y en otras partes del mundo, sobre todo en estos últimos tiempos? El auge de partidos de extrema derecha en varios países, e incluso victorias selctorales en algunos de ellos, deben ponernos en guardia, pues no podemos decir que todo aquello haya servido para mucho si, después de todo, se siguen repitiendo los mismo errores.

Hoy en día nos podemos preguntar si estaremos preparados para combatir este resurgir, enmascarado, del nazismo, que se traduce descaradamente, por ejemplo, en forma de xenofobia diariamente ante nuestros ojos.

Vivir para la muerte, nos habla del nazismo, y de cómo la sociedad alemana sucumbió a los encantos y embustes de Hitler, casi sin rechistar. La novela nos describe a varios amigos que asisten atónitos al auge de la ideología nazi, que se constata definitivamente en el triunfo del partido de los nazis en las elecciones de 1933. Y después de contemplar todo el desastre que esa victoria está acarreando, intentan hacer algo para para poner freno a un desastre sin precedentes. De entre estos amigos destaca el protagonista de la novela, Herbert von Kleiber, profesor de filosofía, al igual que el resto de amigos, y héroe de la acción, que no se resigna ante lo que está pasando en Alemania. Su toma de conciencia sucede ante nuestra mirada, paralelamente al desarrollo de los acontecimientos históricos, vertiginosos, que van desarrollándose ante nosotros y ante los protagonistas de la novela.

Esta novela, de alguna manera, nos enfrenta con nuestros propios fantasmas y nos recuerda que no por ser más adelantado ni más sofisticado intelectualmente se es inmune al veneno de la serpiente del fanatismo y del odio a la vida, pues Vivir para la muerte nos habla justamente del contrasentido que tiene elegir una forma de vida que la niega absolutamente, y que soló será vencida por la valentía y la afirmación de sí misma.

 

 

Mª Ángeles Casabó Ortí, Doctora en Derecho penal, profesora de la Universidad Europea y abogada. Es Licenciada en Historia del Arte. Se especializó en Arte y Derecho, de la que ha sido conferenciante. Tiene varias publicaciones científicas y de divulgación. También es artista y realiza exposiciones habitualmente. Estudia y reseña la novela de Vicente Puchol desde el punto de vista del Derecho Penal:

 

Es un momento de satisfacción el estar esta tarde en la presentación de la última novela de Vicente Puchol Vivir para la muerte. Esta novela que hoy se presenta nos hace reflexionar sobre la relación entre los fenómenos del pasado con los actuales acontecimientos en el mundo.

La novela empieza con el resultado de las elecciones de 1932 en Alemania. Los nazis, con un tercio de todos los votos, son el partido más votado de Alemania: Adolf Hitler es nombrado canciller por el presidente Hindenburg, que es el principio del libro. En 1933 el Partido Nazi alcanza el poder. De ser un grupo minoritario que limitaba su actuación a Baviera, se convirtió en uno de los fenómenos de masas más importantes que se haya conocido. ¿Cómo fue posible?

El Estado fascista gobernó todos los aspectos de la vida habiendo llegado al poder de forma democrática. Las dictaduras democráticas son la más peligrosa de todas las formas de gobierno. En ellas, un grupo relativamente reducido de personas en los parlamentos y poderes ejecutivos, se arroga la representación de la mayoría y en su nombre cometen las mismas o mayores arbitrariedades que en tiempos pasados se le recriminaba a cualquier monarca absoluto. Estos defienden ideologías que no reconocen el consenso de la ética cívica ni respetan las diferencias. Son, por tanto, gobiernos irracionales, bien compuestos por grupos de corte racista (nazismo por ejemplo), populistas, extremistas o fundamentalistas. Aquellos que aprueban la violencia y buscan imponer una sola doctrina comprensiva en detrimento de la pluralidad.
En Alemania, el nazismo se propugnó como ruptura incluso formal con la Constitución de Weimar, avalada y teorizada por los juristas.

En la página 346 y siguientes de la novela hay un diálogo inquietante entre un fiscal inglés y General Keitel, jefe del estado mayor del alto mando: “¿Es que no se daban cuenta de los horrores que causaban las guerras ofensivas de Hitler? ¿No sabían nada del genocidio del pueblo judío? (…) El problema judío no era de nuestra incumbencia. Se encomendó con carácter exclusivo a H. Himmler. (…) ¿Quieren decirme ustedes a quién debe obedecer un militar, ¿a su superior o a su conciencia?”.

Como jurista que soy, siempre ha sido motivo de reflexión en muchos foros de cómo todo un país tan civilizado pudo aprobar y posteriormente guiarse y aplicar esas leyes. La novela nos ayuda para despertar nuestra curiosidad. Siempre hemos analizado con interés las objeciones que en su defensa adujeron los acusados en el juicio de Núremberg (son un conjunto de procesos jurisdiccionales emprendidos por las naciones aliadas vencedoras) y han sido estudiadas por la doctrina:

La primera de ellas, el ARGUMENTO DE LA IGNORANCIA, sobre la cual se manifestaba que los acusados desconocían las atrocidades que se estaban perpetrando, incluso en los asuntos que eran de su incumbencia directa. Sin embargo esta objeción tenía poco apoyo. Era difícil imaginarse que las personas que ocupaban los cargos de mayor rango y jerarquía del régimen nazi ignorasen lo que sucedía.

La segunda objeción que alegaron fue la de la IRRETROACTIVIDAD DE LAS LEYES, aún cuando pudiese considerarse que el acusado actuaba con conocimiento y voluntad, su acción resultaría jurídicamente irreprochable al estar en concordancia con el derecho interno de Alemania nacionalsocialista e incluso con el derecho internacional vigente en aquellos momentos. Sin embargo, los tipos penales cometidos por el nazismo, mediante acciones de asesinato, privación ilegítima de la libertad, tortura, prevaricación, se trataban de figuras delictuales que ya existían con anterioridad, con lo cual no surgía problema alguno con la aplicación de retroactividad, por contrariar estos principios naturales.

El tercer argumento, denominado “TU QUOQUE”, “y tú también”. Es decir, si se debía juzgar y condenar a los acusados en Núremberg, ¿no se debía hacer lo mismo con las potencias aliadas? El motivo de esta alegación era que también estos países habían llevado a cabo excesos y crímenes contra la humanidad, como por ejemplo los bombardeos que destruyeron varias ciudades alemanas, como fue el caso del bombardeo de Dresde. No obstante, este fue desestimado mediante dos apreciaciones, la primera señalando que la competencia del tribunal solo incluía el juicio de los actos llevados a cabo por Alemania, y no por otros países. La segunda respuesta, gira en torno a los actos ilegales realizados por los nazis, y los realizados por las potencias aliadas, los que no podían ser equiparados de manera alguna. Existiendo una diferencia sustancial entre el bombardeo de una ciudad del país enemigo y el genocidio de un pueblo. El genocidio no es un medio para un fin, sino un fin en sí mismo.

La última objeción, es la que considero más interesante, el ARGUMENTO DE LA OBEDIENCIA. El cual se reducía en considerar que, pese a que los acusados eran conscientes de los actos que se llevan a cabo, no eran responsables, ya que su papel se reducía a cumplir órdenes emanadas de autoridades superiores atendiendo la estructura jerárquica del Estado Nazi. Es decir, se practicó lo que se denominaba como “la reductio ad Hitler”, solo él sería responsable final y único, de todas las ordenes que se dieron en el Tercer Reich. En este sentido, el Tribunal sostuvo que el hecho de que un soldado hubiese recibido una orden de matar o torturar en contra del derecho internacional es una cosa que nunca ha estado reconocida como eximente para acciones tan brutales. Se discute la denominada obediencia debida a órdenes injustas dadas por superiores jerárquicos.

En este sentido, Gustav Radbruch, quien fuera uno de los filósofos legales alemanes más influyentes del siglo XX, efectuó una interesante argumentación, que permitió una visión alternativa de la ley, dando espacio tanto a la moral, -justicia-, como a la positividad -seguridad jurídica-, procurando establecer un equilibrio entre la justicia, la seguridad jurídica, y la intención. Esta tríada de demandas conflictivas constituye la base del pensamiento, conocida como la “Fórmula Radbruch”, que postula que el derecho extremadamente injusto no es derecho. Es decir, cuando la ley escrita sea incompatible con los principios de justicia sustancial, a un nivel intolerable, o cuando la ley estatuaria se encuentre explícitamente en abierta contradicción con el principio de igualdad que constituye el fundamento de toda justicia, el juez debe de abstenerse de aplicar esa ley, por razones de justicia sustancial. El principio de derecho contenido en la “Fórmula de Radbruch” fue acogido por la Corte Constitucional de la Alemania Federal en varias sentencias.

La RELACIÓN DE LA CONCIENCIA CON LA LEY es un tema especialmente crítico en la formación moral de toda persona, sobre todo a nivel práctico. El conflicto de conciencia puede surgir con diversas clases de leyes, y ha sido tema central de varias tragedias griegas, dramas de Shakespeare, Calderón de la Barca etc.; en la vida real ha llevado a desenlaces heroicos como en los casos prototípicos de Juan el Bautista, Tomás Moro o quienes resisten al poder totalitario nazi, como es el caso de nuestro protagonista, Herbert von Kleiver. Poco a poco va avanzando la conciencia de la humanidad hacia el reconocimiento de la preeminencia de la conciencia y libertad de la persona, y la aceptación de la falibilidad y posible injusticia de la ley. Desde hace varios siglos se acepta en la teoría jurídica la “epiqueya” (interpretación individual del espíritu de la ley que se aparta de su sentido literal por razón del contexto) y la “objeción de conciencia”.

Análisis que permitió desacreditar la articulación defensiva oportunamente expuesta por parte de los jueces del nazismo, sobre la premisa del cumplimiento de la ley vigente, pretendiendo con ello transferir la culpa hacia los legisladores, y a la propia vocación jurídica de cumplimiento de las normas vigentes propias del positivismo jurídico de la época. El estudio sobre los abusos producidos en el nazismo, nos permite profundizar no solo en la conducta social en la Alemania nazi, sino además en el daño que puede generar una normativa, que resulta cómplice para efectivizar estos abusos.

El mundo actual está presidido por la asimetría del poder, tanto entre Estados Unidos y el resto del mundo como entre los países desarrollados (Estados Unidos, Unión Europea, Japón y Canadá), que concentran el 75% de la riqueza y los subdesarrollados. Y otra característica de la nueva escena es que el Estado-nación ya no es el único actor principal con la multiplicación de los actores supra estatales y no estatales. El mundo ha cambiado tanto que el poder militar tampoco es el decisivo. Los ejércitos occidentales reescriben ahora sus manuales para enfrentarse a un enemigo que conduce camiones bomba. Esto nos lleva a preguntarnos, ¿dónde está, entonces, el poder?: ¿en las ideas?, ¿en la economía? Las multinacionales constituyen una de las fuerzas gobernantes supranacionales, ¿en la religión?, ¿en los medios de comunicación?, ¿en las ONG?, ¿en el terrorismo? Los terroristas son un poder en la sombra que no puede gobernar un país, pero puede impedir que otros gobiernen.

De ahí que sea interesante fijarse en los peligros de los fanatismos, de aquellos que renuncian a su condición humana y se adhieren ciegamente a lo que otros les dicen. Han perdido su voz y no son más que un eco. Por eso, personajes como Herbert von Kleiver y sus compañeros son tan inspiradores, porque nunca olvidan su voz.

 

 

 

Por último, publicamos el punto de vista de Mercedes Puchol, Psicóloga Especialista en Psicología Clínica y Psicoterapia. En la actualidad trabaja como psicoanalista y psicoterapeuta en consulta privada y es miembro de: la Asociación Psicoanalítica de Madrid (APM) y de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA). Es también autora de diversas publicaciones individuales y colectivas en libros y revistas especializadas, entre las que se encuentran sus trabajos de investigación sobre el tema del fanatismo:

 

VIVIR PARA LA MUERTE

Es para mí un honor, y una gran satisfacción, presentar hoy la novela Vivir para la muerte, de mi padre, el escritor valenciano Vicente Puchol, tanto como prologuista de la novela como admiradora y seguidora de su literatura, y tanto más cuando comparto esta mesa con dos personas muy queridas y valoradas por mí como son: María Angeles Casabó y Claudia Simón.

En primer lugar, quisiera dar las gracias especialmente a Teresa Garbí y a todo el consejo editorial de Uno y Cero Ediciones que ha hecho posible la publicación de este libro. Como se especifica en el blog de Facebook de Uno y Cero Ediciones, Vivir para la muerte es “una novela que afronta las terribles consecuencias del fascismo en Europa y un manifiesto contra la intolerancia y la exclusión”. De este modo, mi padre, Vicente Puchol, buscaba para la publicación de esta novela una editorial de calidad que, a su vez, aunara la toma de una postura ética y un compromiso con un proyecto cultural solidario, desde el punto de vista humano y político, y que tratara de contribuir con sus publicaciones a la regeneración de nuestra sociedad. En este sentido, no pudo haber una mayor convergencia de caminos entre el proyecto del escritor y el proyecto editorial, unido al respeto y estimación intelectual y humana que mi padre siempre ha sentido hacia los miembros de su consejo editorial.

Para Vicente Puchol la ética, y su salvaguarda, ha sido una preocupación constante a lo largo de su vida y de su obra. De ella ha dicho:

«La ética es la columna vertebral de la obra de arte. Sin ella, el lector no puede asentir a lo que exprese el autor, a menos que el autor se distancie de lo que escribe o tácitamente muestre su disconformidad. Por ello, en todas mis novelas, la preocupación por la justicia moral y económica ha sido mi hilo conductor y ha permitido que sobre la descripción de las injusticias y atropellos de los hombres, se proyecte la luz, la voz del escritor».

En este sentido, quisiera poner de manifiesto que la preocupación por la ética como la columna vertebral de la obra de arte y, por tanto, del ser humano por antonomasia, es considerada por Vicente Puchol como la esencia de la humanización, yendo pareja en su obra con la salvaguarda de la libertad. De esta forma, el pilar fundamental que inerva todas sus novelas es la ética y el combate de todo aquello que se le opone como: el fanatismo, la intolerancia, el abuso de poder, la corrupción, la injusticia, la hipocresía, etc.

Ya desde su primera novela Crates emancipa a Crates (que actualmente ha revisado bajo el nuevo título de Las personalidades perdidas), comienza mostrándonos, en el contexto de una penitenciaría destinada a la sanación de los reclusos, cómo la conquista de la libertad se realiza desde la autoemancipación, que es al mismo tiempo el fruto del autoconocimiento introspectivo. Mediante la constante alusión al filósofo cínico Crates, que fue discípulo de Diógenes, y era conocido como “el abrepuertas” (sobrenombre con el que también se le conoce al protagonista de la novela: Jaime Villa), su autor nos muestra cómo la apertura de las puertas interiores que funcionan como las máscaras del yo (Vicente Puchol suele recordar que el vocablo “persona” es sinónimo de “máscara” en lengua latina) es el único acceso hacia la verdadera libertad y, por tanto, hacia la emancipación del hombre por el hombre. Es así, y solo así como Crates (representante del hombre que quiere conquistar su libertad), emancipa a Crates, es decir como sólo el hombre, partiendo de su soledad radical y a través del encuentro con los otros que le llevan a salir de la misma, puede ser capaz de emanciparse a sí mismo a través del autoconocimiento.

«-El conocimiento de mí misma es el conocimiento de los demás, porque las vidas humanas están interrelacionadas –dice uno de los personajes de la que fue su primera novela».

«-La felicidad no la da solo el conocimiento, sino también el ejercicio de la libertad» –nos dice el protagonista Jaime Villa.

Y sobre estos pilares comenzó Vicente Puchol a construir su singular y original universo literario. De este modo, si su primera novela transcurre en una penitenciaria para inadaptados sociales, su segunda novela El Gran Danés, que le valió el premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana, lo hace en el seno de la aristocracia para representar artísticamente el engaño de las apariencias, a través de un divertimento satírico, que expresa una burla social definitiva. Desde esta personal perspectiva, en su última novela El hombre de humo, publicada recientemente por la editorial Renacimiento, el autor también nos sigue mostrando, junto con el humor que le caracteriza, su profundo análisis de las relaciones humanas, sus reflexiones filosóficas y existenciales, y su amplio conocimiento del mundo literario y musical.

Paralelamente, quisiera resaltar que el interés por el análisis de terribles acontecimientos históricos vividos por el propio autor, como la guerra civil española, ya habían formado parte de su novelística, tal y como nos lo mostró en su novela Alguien soñó sobre una piel de toro, también publicada por la editorial Renacimiento. En esta novela su protagonista, un agente republicano, que emprende una campaña para obtener el apoyo para la república, se enfrenta continuamente a un debate sobre la historia de España hasta alcanzar las cancillerías europeas, donde se libra la batalla final, política y financiera, sobre la República en el momento crucial de su conflicto bélico.

De esta forma, la reflexión y el debate sobre nuestra historia también ha recorrido la producción novelística de Vicente Puchol. “Sapere aude” («Atrévete a saber, atrévete a pensar”) es algo a lo que siempre ha exhortado el autor, partiendo de Horacio e identificándose con Kant. No en vano, el protagonista de Vivir para la muerte, la novela que hoy nos convoca, es un filósofo discípulo de Heidegger que, resistiéndose a la alienación que supuso todo el movimiento nazi, e incluso tratando de organizar concretamente un foco de resistencia frente al poder de los jerarcas nazis, es capaz de resistirse “atreviéndose a pensar” y reflexionar sobre las posibles causas de una de las mayores sinrazones y horrores de nuestra historia, que podríamos considerar como el más verdadero acto de heroicidad de este personaje y de todo ser humano.

De este modo, el nazismo, considerado por el autor como una de las mayores catástrofes humanas de todos los tiempos, es mostrado y analizado en toda su crudeza, a través de la novela Vivir para la muerte y de los avatares y reflexiones de Herbert Von Kleiber, el filósofo protagonista, como la esencia del trastocamiento y desmantelamiento de la ética por antonomasia. En este contexto sociohistórico, y de acuerdo al comentario de Vicente Puchol para la sinopsis de su novela:

«Todos los jerarcas nazis y los líderes de las potencias occidentales, con sus ministros y embajadores, van tejiendo con sus hechos y sus palabras el texto de la narración. A todos ellos el autor, partiendo de sus personalidades históricas, rigurosamente respetadas, los deja en libertad para que cada uno la desarrolle según su talante. De entre los personajes de ficción hay un grupo de profesores de filosofía de la Universidad de Hannover, antinazis, que debaten sobre el horror del cataclismo político explosionado en Alemania, de todos los cuales únicamente sobrevive uno de ellos: Herbert von Kleiber quien, por una supuesta “heroica” casualidad de doble interpretación, llegará a alternar con Hitler y a polemizar con el filósofo Martin Heidegger, de quien fue alumno y ayudante».

De este modo si, al decir de su autor, el protagonista de esta novela es el nazismo que se encarna en la frase que da título a la misma: Vivir para la muerte, originariamente enmarcada en la filosofía heideggeriana, pero transformada y trastocada por los nazis desde su estado mental fanático para pasar a convertirse en la esencia y la sentencia de la propia muerte: Vivir para la muerte, también la voz de la resistencia va a tomar en esta novela un papel principal a través de la personalidad y la voz de un personaje de ficción: el filósofo alemán Herbert von Kleiber como representante de todas esas voces que no pudieron ser escuchadas pero que, aunque silenciadas, también formaron parte de la resistencia alemana. A modo personal, la figura de Herbert von Kleiber me hizo evocar a la del filósofo Jean Cavaillès, que formó parte de la resistencia francesa frente a los nazis y acabó fusilado por ellos en el año 1944. Comentando esta evocación personal con el autor de esta novela, él me recordó precisamente que este filósofo, gran amante de la Alemania de Kant y Beethoven (como el protagonista de su novela), al ser interrogado por el miembro del tribunal nazi que le preguntó por las razones subjetivas que le habían movido a la resistencia, le contestó que él “demostraba que realizaba así en su vida el pensamiento de sus maestros alemanes”. Me recordó también mi padre que este filósofo Jean Cavaillès, esperando el día de su fusilamiento, prosiguió en la cárcel un tratado de lógica y teoría de la ciencia. Y de él dijo precisamente otro filósofo francés, Georges Canghillem, unas palabras que pienso que podríamos aplicar también al filósofo protagonista de la novela Vivir para la muerte:

«En el momento en el que hacía todo lo que es necesario para morir en combate, componía una lógica. Nos dejó así una moral sin necesidad de haberla redactado».

Sabemos que un fenómeno de la envergadura del nazismo hundió sus raíces en una altamente compleja constelación de factores y elementos de muy diversa índole que, a lo largo de la historia, han tratado de ser explicados y comprendidos desde cuatro grandes dimensiones que mantienen una estrecha relación entre sí y que trata de recorrer esta novela: la histórica, la socio-cultural (donde incluyo también el marco político-económico), la psicológica y la filosófica. Si las relaciones entre historia y literatura se remontan a la antigüedad, la puesta en valor de su cooperación mutua es materia de actualidad.

Precisamente fue el filósofo Martin Heidegger, con el que va a dialogar y debatir el personaje principal de esta novela, quien puso de manifiesto que el significado de historia conjuga tanto el acontecimiento como la narración del mismo. En la medida en que para él la historia, como el ser, que es en sí mismo su propia historia, nunca puede alcanzar aquello que quisiera narrar o describir, es irrecuperable por definición, de forma tal que una historia completa y fidedigna es una entelequia. Desde esta perspectiva heideggeriana, que ha tenido un importante impacto en el pensamiento y la filosofía occidental, la recuperación de la memoria histórica puede necesitar de varias y múltiples historias, siempre al borde de la falsificación y del error, en la medida en que tocan un fondo que nunca es posible alcanzar.

Como termina diciendo el psicoanalista C. Bollas en su artículo:

«Si una persona, grupo, institución o nación desea verdaderamente recobrarse de los traumas provocados por el genocidio intelectual o físico, tendrá que recordar los crímenes que ha cometido. El acto de la rememoración es el antecedente necesario del perdón (de uno mismo y de los demás) y es el medio para la rehumanización reparadora del grupo».

Por eso necesitamos también de los escritores para que puedan ayudarnos, con la distancia generada por ese espacio potencial que crea la literatura, a ese acto de representación y rememoración que nos ayude a poner en marcha nuestra capacidad de historizarnos, sublimar y reparar.

Cuando Vicente Puchol publicó su novela Germánico, enmarcada dentro del género de la novela negra, el crítico literario Santos Sanz Villanueva comentó en un artículo periodístico que llevaba por título “Turbios negocios”:

«Vicente Puchol se inscribe en la categoría de los autores que practican una actividad moralizadora que después de descubrir y describir unos usos abyectos los condenan sin paliativos. El de Puchol es un moralismo estricto, pero su relato evita la lección explícita y su continente no es severo. Al contrario, la burla, el humor y el despropósito forman parte habitual de esta dura crónica de turbios negocios y de perversas costumbres».

De esta forma si, como ha puesto de relieve Santos Sanz Villanueva, la condena sin paliativos de los usos sociales perversos y abyectos ha formado parte de toda la trayectoria literaria de Vicente Puchol, junto con la ironía y el humor, nuestro autor ha sentido la necesidad de ocuparse de uno de los episodios más trágicos de nuestra historia: el nazismo, para tratar de representarse sus siniestros mecanismos y alertarnos sobre las terribles consecuencias de todo movimiento fanático y fascista.

Si antes he citado a Santos Sanz Villanueva, haciendo alusión a algunos de sus comentarios en relación con la obra de mi padre, quisiera finalizar mi intervención con unas palabras de la poeta Susana Benet en relación con Vivir para la muerte cuyo último poemario Lo olvidado también ha sido editado por la editorial Uno y Cero Ediciones. Tras hacer alusión al disfrute con su lectura, que describe como sobrecogedora por momentos, al tiempo que “siempre excitante”, Susana Benet sigue diciendo:

«Vicente Puchol narra aquellos terribles episodios combinando dramatismo e ironía, y lo hace con gran fluidez y claridad, mostrando los hechos con una admirable precisión. Destaco la calidad de este libro que, a pesar de referirse a la muerte, es un libro vivo».

Un libro necesario que hay que leer.

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