Antonio Cabrera

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(Fotografía de Daniel Fuster)

 

Antonio Cabrera nació en Medina Sidonia (Cádiz) en 1958. Es autor de tres libros de poemas: En la estación perpetua (Visor, 2000), que mereció el XII Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe y el Premio Nacional de la Crítica 2001; Con el aire (Visor, 2004), por el que fue galardonado con el XXV Premio Ciudad de Melilla, así como con el Premio de la Crítica Valenciana 2005; y Piedras al agua (Tusquets, 2010). Entre los dos primeros poemarios, vio la luz su colección de haikus titulada Tierra en el cielo (Pre-Textos, 2001). Recientemente ha publicado la antología Montaña al sudoeste (Renacimiento, 2014, ed. Josep M. Rodríguez). Como antólogo, es responsable de la edición de Cimas y abismos (Renacimiento, 2012), de José Luis Parra.
Ha vertido al castellano los volúmenes Poesía y ontología, de Gianni Vattimo (Universitat de València, 1993), Los pájaros amigos, de Josep Maria de Sagarra (Pre-Textos, 2003) y Sobre el lamento de Jasón, de Vicent Alonso (Denes, 2008).
Asimismo, suyo es el volumen de prosas El minuto y el año (La Palma, 2008).

 

ODA AL AIRE QUIETO

A Joaquim Manuel Magalhães

Carece de perfil, nadie lo ve,
pero amasa un volumen de luz reconocible.
Es una espuma inmóvil, sin color,
un cristal que al rozar las cosas las sujeta
hasta hacer que se graben en sí mismas.

Me ha rodeado siempre
en los mudos rincones escondidos
en medio del paisaje
(burbujas de desdén contra lo abierto),
y allí, al respirarlo
-hecha roca la roca,
fuente la fuente, nítida columna el árbol gris
y verdadera el ave-,
allí, al respirarlo,
con un afán seguro, sin adornos,
lo real
en vez de transcurrir se ofrece al aire
de mi respiración, y el aire lo respeta
y nada se transforma.

La sorda luz del cuarto lo contiene también.
Hace que las cortinas caigan
sobre su lenta longitud; que el cuadro
hable para decir a lo visible
la palabra amarilla, el verbo ocre;
que la flor permanezca en sus pétalos secos;
que se anuncie en la lámpara su claridad futura;
que lo cerrado importe
y lo guardado tiemble.

Señalo tus dominios, aire quieto.
Nombro tus huellas para celebrarte,
a ti, puro espesor de lo presente
donde apenas estamos.

(De Con el aire, Visor, 2004)

 

EL ALREDEDOR

Canta el alrededor, no hables de ti,
que no eres sino ovillo, una escondida
trama de rostro y voz, azar y sangre,
de donde emerges hueco a por oxígeno.

Canta el alrededor, llena tus bronquios
con ese gas de ser que flota al lado.

Los frutales de junio ya rebosan.
En las ciruelas amarillas hay
destilación y fin. Si te antepones,
tu día escribe, al reposar sobre ellas,
un ilusorio siempre en el ribazo.

Mira después la bruma al disiparse:
¿podrías albergar tanta advertencia,
tanta premonición sin vanagloria?

En las cosas el tiempo es otro tiempo,
separado del tiempo de tu edad.
No tiene años, tiene luz, no es ansia.
Canta el alrededor, no te dibujes.

(De Piedras al agua, Tusquets, 2010

 

SIEMPRE EN VIAJE

Examino la luz cuando viajo. Noto
cómo se abstrae en la ciencia
de mi velocidad.

Hago lo opuesto
a lo que hace el árbol enraizado en un punto,
y lo opuesto también a la corneja,
posada en la señal de tráfico
con su sarcasmo negro, con su burla
de la incorpórea dimensión del día.

La amplitud va filtrándose en mis ojos,
gigante por el aire y luego diminuta
cuando se deposita en mí, ya idea
de ondulación, esquema de colina
y páramo.
Dos pinos frente a frente,
la línea de los chopos junto al río
o unas pocas carrascas
más tarde dejarán
la sensación que decepciona,
la de que permanece de lo visto
tan sólo algo que vibra sin contorno,
algo ya no ajustado, aire deforme
para el entendimiento.

La luz no se captura. Mirarla nunca sacia.
No se retiene en la memoria
y por eso pasar y volver a pasar
nos es obligatorio.
En cambio el árbol,
desde el punto que ocupa, la aborrece;
pasivo, la sostiene tanto,
la paraliza tanto y tanto la ha entendido
que escupe resplandor y sombra, absorto.

Nosotros, siempre en viaje,
atravesamos luz, perdemos luz,
la confundimos, la alteramos.

Cuántas veces, con qué torva ironía,
la corneja
nos ha visto pasar
y volver a pasar
–simbólicos, reales- a veloz ignorancia
entre colina y páramo

hacia colina y páramo –perdidos.

(Inédito)

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