“El hueco de tu boca. A propósito de Soundscape”, de Róger Santiváñez

El hueco de tu boca. A propósito de Soundscape de Carlos Fernández López

Por Róger Santiváñez

No es verdad el paraíso, morada de cielo y de soledad. Colores para nacer han nacido peregrinos y en el fondo el peregrín cazador de figuras José María Eguren. Fénix de los ingenios Félix Peluca en el Rímac dónde estará. Aquellas noches se me filtran en la lectura de la poesía de Carlos Fernández López, poeta español que aquí nos presenta Soundscape [Uno y Cero Ediciones, 2014] título virtual empezado con Hábitat. De allí estos versos: “semilla entregada al campo, pez del no ser, burbuja de lo arcano sumergido” . Lo cual me recuerda: “Sumersión prolongada en las formas / para emerger purificado” de Rodolfo Hinostroza en su histórico y decisivo libro Contra Natura (Barral, Barcelona 1971).

El Señor Morado en Nazarenas. La ciudad se mete con todo: “Contemplación del buldócer que ladra” dice el poeta, tráfago de la construcción civil con rumiantes solitarios escuchando su propia voz como diría Martín Adán. Las poéticas nubes de Baudelaire están en este libro. Y la luz, la luz que nos conmueve diariamente, con sus ondas electrónicas de guitarras de rock. Trabajo mediático en el que Fernández López es un maestro actual. Irrompible, lo hermoso de lo pequeño y caliente. Hot. Por los caminos arbolados, unos peldaños de agua, los cerros, matemática intensa. En este texto rectangular del conjunto el poeta demuestra su talento para asumir la lectura de Lorca –por ejemplo– entregándonos su propia y personal canción: “vierte mar y no renuncia : verde en lo verde el agua que dice sol, sol que busca trigo y siembra uvas maduras de la noche, estrellas que ya apuntan leche, vino de siega”.

Un tema clásico de la postmodernidad es la condición maldita del poeta. En efecto, desde Rimbaud la poesía es una maldición. Signo noir que respira en el corazón de todo poeta verdadero. Fuera de cualquier sitio y habitante de ninguna parte, el creador de versos vive en la cadena perpetua de un amor full passion y como ha escrito mi maestro Marco Martos: en busca de lo inefable que es inalcanzable. Carlos Fernández López lo formula así: “El que carga con un fardo en los brazos, el extranjero”. Son las palabras líquidas que derraman pétalos. Y el tiempo se vende en una cajita.

Este conjunto Hábitat, se cierra con unos versos subterráneos, bajo el imperio de la ciudad, y en dimensión metafísica que nos deja perplejos: “Bajo tierra, la hiedra azul de los neones, piedra molar o quemadura en la raíz del tiempo, minuto atado a ti, pulso suspendido” . Con este ritmo entramos a Vitral de Voz, libro cuyo trabajo de lenguaje coloca a nuestro autor a la vanguardia de la poesía en lengua española a ambos lados del Atlántico. Leamos: “respira, ciego ardor de lo que bulle,/ brota la voz como grumo o espejo de sol,/ cobijo breve, silencio amasado, / latido minúsculo ancho deponer del hálito”. Todo un arte poética, basado en la cadencia de nuestra respiración, efecto físico de donde nace la voz, de allí el título del libro Vitral de Voz, es decir vidrio estampado, que se transforma en sonido  -en aliento- en palabra que derrota al silencio con todo el fuego del corazón del que somos capaces, protegiéndonos de la gran ofensa del mundo. Y que culmina: “desnacimiento y surgir / desasimiento y rugir”.  Cual la mano desasida de Adán, la poesía surge y ruge, o sea, se aleona, se asalvaja diríamos y llega a una plenitud.

Tres secciones: ‘sobre voz de agua’, ‘sobre voz de llama’, y ‘sobre voz de llaga’ conforman este vitral que como vemos es fuego, es acuático y es también una herida, esa herida que todos llevamos dentro, ese dolor humano que es el signo del poeta, siempre trabajando con la muerte, como escribió Enrique Lihn.

En los tramos finales de ‘voz de llaga’, de Vitral de Voz, nos encontramos con versos sueltos o quizá poemas individuales compuestos de un solo verso. Aquí me llama la atención en especial uno que reza: “el hueco de tu boca” . En su aparente dogmatismo esta canción  se asemeja a un cuadro o a un diseño gráfico en el que somos introducidos como con un embudo, para repensar el sentido de semejante símil, a primera vista simple como la caída del agua en una catarata, pero en realidad preñado de semántica poética; es decir, el vacío del lenguaje y el silencio de unos labios podrían ser ese hoyo mental que se nos forma ante la abstracta poesía de Fernández López.

En Materiales para el desastre con dibujos de Héctor Solari, los textos y los trazos se confunden, se leen each other, por ejemplo: “máscara de la superficie/ o reja del respirar / multitud sublunar en retirada” . Una cierta onda oriental se filtra, con delicadeza impalpable: “demasiado alto el filo, el haz de luz ya gas /urdimbre, poso” . Nótese la maestría de la aliteración: el haz de luz ya gas. O esta otra imagen perfecta: “correr del terciopelo sobre el agua”. Y como es costumbre en nuestro poeta, cierra con una reflexión sobre la propia poesía, a través de estas líneas absolutas: “escarbar en el vacío / hasta encontrar la médula” . O sea, por la vía de una búsqueda en la nada, podemos llegar a lo más vital, y a lo más vitral, la voz que se desgaja, la médula de lo que existe y dentro de lo que existe, el hueco del lenguaje, aquel que inútilmente nosotros tratamos de llenar con nuestras pobres palabras. Sólo soy un hombre triste que agota sus palabras. Muchas gracias.

[Leído durante la presentación de Soundscape en ‘Cholo Art & Fun’ Barranco, Lima, Perú, 31 de Julio de 2014]

 

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