Ana Pérez Cañamares

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(Fotografía de Laura Muñoz Hermida)

Ana Pérez Cañamares ha participado en numerosas antologías de relato y poesía, como por ejemplo: Por favor sea breve (Editorial Páginas de Espuma); Beatitud. Visiones de la Beat Generation (Baladí Ediciones); Resaca/Hank Over. Un homenaje a Charles Bukowski (Editorial Caballo de Troya/Mondadori); 23 Pandoras. Poesía alternativa española (Editorial Baile del Sol); La manera de recogerse el pelo. Generación Bloguer (Bartleby Editores), o En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis (Bartleby Editores), entre otras muchas.

Participa con asiduidad en recitales y festivales de poesía, tales como La Noche del Apagón (en el MACBA, Barcelona), Voces del Extremo (Moguer, Huelva), con el Instituto Cervantes (Croacia y Polonia), Poesía en tiempos de disolución (Universidad de Valladolid), Festival MadMed (en Madrid, simultáneo con el festival de poesía de Medellín), etc., y en librerías, bibliotecas y centros culturales.

Ha publicado el libro de relatos En días idénticos a nubes y los poemarios La alambrada de mi boca, Alfabeto de cicatrices (todos ellos en Baile del Sol), Entre paréntesis. Casi cien haikus (La Baragaña), Las sumas y los restos (Devenir. Premio Blas de Otero-Villa de Bilbao 2012) y Economía de guerra (Lupercalia). Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés, griego, polaco, croata y portugués.

 

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Su blog: El alma disponible

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Ofrecemos a continuación una muestra de su poesía:

 

Pocos saben que tengo otra hermana.
El azar nos separó al nacer.
Yo mamaba la leche de mi madre
mientras ella se secaba al sol.
Cuando perforaron mis orejas
ella recibió la ablación del clítoris.
Follé con hombres y sufrí por todos;
a manos de uno solo se quebró ella.
Me separé, lloré, abandoné mis sueños.
Ella murió unas cuantas veces
bajo piedras, ácido, sida y malaria.
Su cuerpo se deshizo y se recompuso.
En una o dos ocasiones fue feliz de morir.
Mi hija creció; mi hermana murió en el parto.
Años después parió una niña y se la quitaron.
Yo veo mi cuerpo envejecer; ella no tiene espejo.
Me pongo cremas antiarrugas
pero toda ella es un surco.
Yo hago listas de lo que le duele:
pero ella es la que administra su dolor.

(De Las sumas y los restos, Editorial Devenir)

 

Para Varsovia

Estoy tomando una cerveza
frente a lo que fue tu casa.
Ahora tu casa es un símbolo
y los símbolos no son habitables.
Para ti debió de ser
lo que nunca tendrían
que dejar de ser las casas:
entrechocar de platos
risas que estallan
sábanas estiradas para proyectar
la película velada del sol:
una película que habla de felicidad
o cuanto menos
de la seguridad de un refugio.
Refugio del trasiego y los ruidos de la calle.
Nunca del horror.
A través de los visillos
el horror no se presupone.

Me cuentan historias. Soldados
lanzando niños a través de las ventanas.
Soldados cortando barbas y patillas
a navaja, en la calle, carnavales de humillación.
Me cuentan historias, pero tu casa
no parece propiedad del infierno.
Está vieja, sí, y hay algún agujero de bala
bajo un alféizar, como marcas de los dedos de dios
al hundirse en arcilla. Distinguiendo
a los elegidos de los condenados.
A pesar de todo, como todas las casas,
sigue teniendo algo
de tierno y de inexpugnable.

Estoy bebiendo una cerveza.
No a mi salud, ni a la tuya.
¿Qué podría decir de ti?
De ti no tengo recuerdos
y siento pudor de imaginarte.
Tengo memoria de la humanidad.
Aún la tengo. Y tengo también una casa.
La recuerdo ahora: los platos
las sábanas, las cortinas, la puerta:
el foso que ningún ejército
ha puesto a prueba. Los tesoros
que me delatan como ilusa propietaria.

Pero más allá o más acá de las casas
hay un lugar. Un lugar que
aunque queramos compartir
aunque quieran invadir
no es un territorio ni una ruina.
Es el lugar al que escapaste
un segundo antes de que la puerta
fuera derribada. O un segundo después.
Cuando comprendiste que las casas
pueden parecernos un universo
pero ni siquiera son un país.
Y un grito en otro idioma
las derrumba como cabañas de paja.
No soportan la violencia de los extraños.

Tiene que haber un lugar.
El lugar que no me revela tu foto.
El lugar que otros no destruyen
con palabras o con bombas.
Rata allí no significa nada.
El dolor puede nublarlo
pero no lo tapia.
Es el gueto que levantamos
dentro de nosotros.
La tumba que elegimos ocupar.
No la que nos señalan.

El búnker dentro de ti.

(De Las sumas y los restos, Editorial Devenir)

 

Para Turco, el perro maltratado y abandonado
que salvó vidas humanas en el terremoto de Haití.

Nada me dicen los nombres:
el primero que me dieron
me lo arrancaron del cuello.
En un cacho de metal
ocultaron su conciencia.

Desapareció mi voz:
en ella residen los nombres
el propio y los de los otros, revueltos.
Aunque a mí nada me dicen.

Vosotros habláis y yo escucho música
la canción que no dejáis de cantar.
A las notas les gusta el aire libre
y bajo tierra el canto suena débil
como una procesión en un pueblo apartado.
Huele a un hambre canina por vivir.

Reconozco la angustia del hocico
y la garra que se aferra a la vida.
Reconozco vuestra debilidad
y juego con ella sin arañarla
como con una preciosa pelota.
La cojo entre las fauces y la saco a la luz.

Dicen héroe, dicen ángel
maltrato y recompensa.
Bah, las palabras, cómo os embelesan.
Si oyerais la música que laten por dentro
no habría rencor ni tampoco daño.
Si oyerais la música sabríais que los nombres
son una distracción: otra pelota.
Correríais hacia ella
y la traeríais de vuelta
como la pluma de un pájaro anónimo
que todo lo sobrevuela cantando.
Hasta eso que vosotros llamáis dolor.

(Inédito)

 

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