Arantxa Esteban

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Nacida en Alcora, (Castellón). Profesora de Enseñanza Secundaria en Benicàssim, lugar donde reside.
Ha publicado relatos en libros colectivos: 32 maneras de escribir un viaje de forma literaria. Grafein ediciones (2002); Próxima estación, Benicàssim, Publicacions de la Universitat Jaume I (2005); Volvemos a viajar, Publicacions de la Universitat Jaume I (2008). Microrrelatos en los siguientes libros: Conseguir los sueños, II Premio de microrrelatos temáticos, Hipálage; Los Intachables, Hipálage; Bocados sabrosos, Acen; Primavera de microrrelatos indignados, Acen; Latidos contra la violencia de género, Ateneo Blasco Ibáñez. Incorregibles, Unaria.
El poemario Salir de la noche en Eyeliner, Hades (2012), junto con otras dos poetas. Ha participado en la antología Segundo peldaño, Amigos de la poesía de la Comunidad Valenciana (2006); en Textos literarios para la Educación Emocional, Ediciones Sar Alejandría (2013); ErotizHadas, Unaria (2014); participa en la Antología Internacional de Mujeres Poetas “Grito de mujer”, (2014).
Ha sido finalista en el certamen Twinings, historias de té, con un microrrelato publicado en el nº 84 de la revista Qué leer (2004), en el I y II Maratón de microrrelatos organizados por CLAVE (2011, 2013), y en el IV y V Premio Internacional de relatos de Mujeres Viajeras, publicados en ediciones Casiopea (2012, 2013).

LA MUERTE DE MI INSOMNIO

Yo era la conductora de un autobús repleto de turistas. El viaje había sido muy largo, pero a la una de la tarde habíamos llegado a nuestro destino: una ciudad costera de un país caribeño.
Para llegar al hotel era necesario atravesar caminos rocosos y angostos, por los que mi enorme vehículo se desenvolvía con dificultad. Era la primera vez que hacía un trayecto de tantos kilómetros. Hasta entonces, lo mío había sido llevar escolares de tres pueblos casi abandonados a uno con algún habitante.
Conducía con los brazos completamente extendidos. Mi cuerpo se iba cada vez más atrás, se alargaban mis extremidades, el asiento se alejaba de mí y, por momentos, me parecía que comenzaba a flotar ingrávida, como si yo fuera una astronauta asida a una parte de la nave. Intentaba mantenerme alerta sin perder mi sentido de la responsabilidad, que era lo que más peligraba. La misma fuerza que me alejaba de la luna delantera, me atraía hacia un lugar impreciso y sin normas. Todo eso era el miedo, el terror a despeñarme por los acantilados, a que el autobús resbalara entre las rocas y no dejara nunca de caer. El océano, abajo, parecía hermoso, intensamente azul, ajeno a mi debilidad. Me avergüenza recordar que no pensaba en los pasajeros. Sus voces hacía rato que sonaban fuera de sintonía, ninguna risa llenaba el habitáculo, ni tan siquiera quejas. Todo era una masa allí atrás, confiada a una experiencia que yo no poseía, atrapados en la dicha del inicio de sus vacaciones. ¡Si ellos hubieran sospechado lo que ocurría! Si hubieran sabido que entre la vida y la muerte solo hay una fina línea y nosotros, ellos y yo, la recorríamos con precario equilibrio. La soledad más absoluta se había apoderado de mí, metida en una burbuja, en la que mis brazos de chicle manejaban el destino de todas aquellas vidas con sombreros de paja. Fue largo o corto el trayecto, no puedo ser objetiva. Llegó un punto en que acabó, lo hizo como terminan todas las cosas, con un fin y ya está.
El camino se convirtió en un estrecho sendero jalonado de escaleras de piedra. Frené, ya no era posible seguir la conducción. Los turistas descendieron del autobús –trato de recordar–, no sé si cogieron sus maletas, tampoco si les indiqué el camino o si ellos lo intuyeron por sí mismos. A pesar de que dejé parte del miedo junto a los barrancos, seguía muy lejos de los viajeros, o ellos de mí, casi no me parecían humanos de tan felices.
Como decía, el autocar, ya vacío, esperaba. Yo sabía cuál era el siguiente paso, el desasosiego se transformaba a pasos agigantados en una transpiración fría y resbaladiza. No demoré mucho mi siguiente desempeño, estaba escrito, todos los conductores de autobuses que llegaban allí lo hacían, yo debía proceder de la misma forma. Cogí el autobús y me lo cargué sobre los hombros y la espalda. Soy consciente de que puede parecer exagerado, si bien en todos los mundos no existen las mismas reglas, y en el que yo me encontraba, no solo era posible, era lo correcto. Comencé a subir los escalones, un peldaño con un pie, suspiro, con el otro pie, otro peldaño con un pie, suspiro, con el otro pie… Apenas había cumplido una décima parte del recorrido y ya estaba exhausta. Observaba cómo las escaleras seguían interminables hasta lo que parecían las ruinas mal conservadas de un castillo. A mi lado, una persona casi me rozaba sin mirarme, y en el sendero había hierba verde, a modo de césped. Las veinte toneladas del autobús me pesaban atrozmente, me suponían un gran sufrimiento. Presentía que no podría incorporar el cuerpo encima del pie que subía durante mucho rato. La rodilla izquierda me dolía y, de tanto en tanto, alguien trataba de adelantarme y me empujaba sin consideración. Me bañaban cascadas de sudor y apenas si mantenía el equilibrio con el balanceo que se había adueñado de mis movimientos. Ni siquiera la persona que continuaba a mi lado parecía darse cuenta de mi peso, se limitaba a gritar enfadada no sé qué, o a contarme algo con unos tapones encajados en los oídos. Tampoco pedí ayuda, no es que no la necesitara, no contaba con ella. Cuando la curva llegó a su punto de inflexión, tuve la certeza de que la carga iba a aplastarme. Entonces el castillo en ruinas y todas las escaleras que faltaban hasta llegar, se fueron acercando como en la secuencia de una película que avanza de forma rápida. Y el fin también llegó esta vez. Descargué el autobús en el suelo y allí quedó, como testigo de un esfuerzo ignorado.
Al lado de lo que quedaba del castillo se extendía la ciudad vieja de una macro urbe. ¿El nombre? ¡Qué más dará el nombre! Mi última misión era  guiar a los turistas hasta el lugar donde íbamos a dormir y mi trabajo habría concluido. Había que recorrer vericuetos, todo un laberinto para llegar. Los turistas volvieron a interpretar el camino, pues iban delante de mí y era yo la que los seguía sin saber nada, ni siquiera si era dueña de mi propia vida. Más que un hotel era una fonda de habitaciones simples, con ventanas que daban a un patio interior despintado y maloliente. La luz eléctrica amarillenta contagiaba una gran tristeza. Compartía el cuarto con otros dos. Dejé mi bolsa azul marino en un rincón mientras me tumbaba un momento en la cama central.
Estaba agotada, sin embargo necesitaba marcharme de allí y respirar. La recepción era minúscula por lo que tropecé con el recepcionista al salir; no crucé ni una palabra con él, tampoco me fijé en si era rubio o moreno. Dos que dijeron ser mis amigos se vinieron conmigo. Cruzamos algunas callejuelas, al azar seguimos una u otra dirección. Llegamos a unos bares al aire libre en una plazoleta comprimida por las casas. Nos acodamos en la barra de un disco-bar. En la calle algunas parejas bailaban ritmos latinos: salsa, samba o merengue, nunca he sabido distinguirlos. Pedí una bebida, mis dos acompañantes también. Me sentía más relajada y me embargó poco a poco un cálido y merecido bienestar. El ambiente sensual y nublado por el humo del tabaco me ayudaba en aquel estado.
Ningún otro viajero apareció por allí, supuse que prefirieron quedarse a descansar. Entablé conversación con el chico que servía las copas, hablé largo rato con él y con mis presuntos amigos, aunque solo el que se hallaba detrás de la barra tenía los rasgos de la cara dibujados; es más, llegó un momento en que me di cuenta de que ellos se habían marchado. Pedí un botellín de agua. No quedaba mucha gente en la calle y yo no podía recordar por dónde debía dirigirme para regresar a la fonda. No estaba ebria. Por despiste no me había fijado en el recorrido, por lo que no había memorizado ninguna referencia que me pudiera ayudar.
La ciudad vieja, bajo su velo azabache se tornaba amenazadora, las sombras que se proyectaban en las calles me acechaban. El camarero se ofreció a acompañarme y tras cerrar el garito nos fuimos. En un principio nos encaminamos hacia la dirección y el sentido que yo intuía correctos, mas al cabo de un rato, en lugar de llegar a la fonda salimos al espacio abierto de una gran avenida. Estaba claro que entrábamos en la ciudad nueva y que si continuábamos por allí, me iba a perder. ¿Dónde me llevaba? ¿Pretendía secuestrarme? Esta vez, confieso, no tenía miedo, solo desconcierto. No me veía capaz de soportar una traición. Una mujer que, como yo, podía transportar un autobús en la espalda no podía temer nada, o sí… La imagen quedó congelada, se tornó cada vez más oscura hasta fundirse en el negro total. Tras ello como si encendieran las luces del cine, con lentitud, abrí los ojos y no sé si desperté de un recuerdo insistente o de un sueño reiterado.
Miré el reloj despertador que siempre llevo conmigo, apreté un botón, los números fosforescentes me indicaron las 4:42h de la mañana. Encendí la luz, fui al baño, y noté cómo la conducción y la salida nocturna me pasaban factura. Mis compañeros de cuarto no habían llegado, tal vez no pensaban hacerlo. Intenté leer para apartarme de mis pesadillas, pero los peores pensamientos se entrecruzaban con las decisiones que tenía que tomar, con los problemas que debía resolver, con las relaciones con las que debía batallar para proteger mi integridad mental y mis intereses. El insomnio se apoderaba de mí una noche más a la hora acostumbrada, como si tomara mi cuerpo para hacerse él, presente, y sobrevivir como un ente palpable. No le culpo: si mi sueño continuara hasta el bocinazo del despertador, el insomnio moriría y, del mismo modo que los jainistas no matan a ningún ser vivo aunque sea un mosquito anófeles, es posible que yo debiera vivir con mi insomnio, sin embargo si yo iba a morir por salvarlo, la cosa cambiaba ¿no?
Aquella madrugada, después de largas e incontables jornadas conduciendo para que viajaran otros, tomé una importante decisión para tranquilizar mis sueños: despeñar a aquel animal con ruedas desde el castillo.
Lo hice por la noche, cuando el autobús era un recinto lleno de fantasmas y de aire que no le correspondía, cuando solo los insomnes velan la realidad. Lo lancé por las escaleras. Lejos de enervarme, el ruido bronco que se acrecentaba con cada golpe, me provocaba bostezos y, a medida que bajaba, me devolvía pedacitos de sueño. Tardó horas o días o años en caer, hasta que oí cómo se llenó de agua y se acomodó en el lecho del mar.
Es de rigor que cuente que tras estos acontecimientos, celebré el óbito de mi insomnio con todo el respeto que merecía.
También a partir de entonces, empecé a formar parte de la masa de turistas con sombreros de paja, que se dirigía en un autobús a las playas caribeñas.

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6 thoughts on “Arantxa Esteban

  1. He estado dándole vueltas al significado de esta historia tan preciosamente kafkiana, pero no he llegado a ninguna conclusión: igual el autobús significa todo aquello que nos bloquea, que nos aplasta y hace sufrir, que nos impide disfrutar de la vida como el resto de la gente, y cuando por fin nos quitamos ese peso, empezamos a disfrutar del paraíso… No sé, pero me ha dejado pensativo un buen rato.

  2. Sí. El autobús es una metáfora de la carga que cada uno transporta en su vida, en soledad muchas veces. El insomnio muere cuando de alguna manera nos liberamos de ella.
    Me alegro de que te haya hecho pensar. Gracias por tu comentario Víctor Adrián.

    • Me gusta muchísimo, sobre todo la metáfora del autobus, las cargas, la soledad, la (in)consciencia, y el lenguaje metafórico en general. He disfrutado mucho. Por cierto, en los sueños siempre estoy de viaje, desplazándome y no hay manera de terminar aquel viaje. Ah.. el secuestro .. muy interesante .. Son sueños dentro del insomnio. Muy bien escrito Arantxa.

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