Bibiana Collado

Bibiana Collado Cabrera (Burriana, 1985) es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Valencia, donde también realizó el Máster deEstudios Hispánicos Avanzados (obteniendo el Premio Extraordinario de Máster). En 2014 defendió su tesis doctoral, titulada El imperio nuevo de tu palabra: Canon, tradición y ruptura en poetas cubanas de la Revolución, que fue calificada con excelente cum laude. Dicha tesis fue llevada a cabo gracias a una Beca de Formación de Profesorado Universitario del Ministerio de Educación y Ciencia, la cual le permitió realizar estancias de investigación en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana y en la Universidad Autónoma Metropolitana de México.

En el ámbito de la escritura poética ha obtenido los siguientes reconocimientos: Premio Voces Nuevas de poesía, organizado por la Editorial Torremozas (2009); Premio Universidad de Valencia de Escritura de Creación, en castellano (2009) y en valenciano (2012); XXXIV Premio de poesía Arcipreste de Hita (2012); accésit del Premio Adonáis (2016) y Premio Complutense de Literatura 2017.

 

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A continuación incluimos un poema de su último libro, El recelo del agua, publicado en Rialp:

 

 

TRAJES AMARILLOS

I
Mi madre tomó la primera comunión
con un traje amarillo,
el único que recuerda de su infancia.

Aquel día no hubo familia,
ningún acompañante,
tan solo los niños solos

junto a las monjas que los invitaron
a una taza de chocolate
en la alegría torpe y áspera
de una salita sin ventanas.

Los hijos de los cabreros
son una masa huérfana,

para borrarles la miseria
por un rato,
les borraron los padres
y las chozas.

II
Al cumplir catorce años
decidieron bajar del cerro.

La pobreza refundada en la llanura.
La alegría parca de la supervivencia.
La nostalgia de mercurio urdiéndose
en las palabras de los recién llegados
a las bondades afiladas del pueblo.

Catorce años y doce horas al día
remachando bolsos en una fábrica
junto a otras tantas muchachas casaderas.
El fragor de la espera amortiguado
por el golpear de las planchas de acero.

Y un breve paseo los domingos
hasta la confitería de la plaza
donde comprarse un dulce de merengue
que allí llamaban “libertad”.

Después vendría la boda sin fotógrafo,
las nuevas mudanzas, las vendimias,
los camiones al amanecer, los hijos
con que resarcirse del hambre
y los padres que envejecen
y, en delirios, creen haber regresado
a lo alto del cerro.
Pero todo eso será después.

Entonces, con aquellos catorce años y doce horas
todavía notaba un sobresalto
al oír las campanas repicar tan cerca.
Y el trazado de las calles agolpadas a sus ojos
la sorprendía en la búsqueda del horizonte.

Entonces, que no se engañe nadie,
no eran felices sino jóvenes.
Aturdidos por el zumbido del origen
en algún momento dejaron de escucharlo.

Cuando la hija del patrón comulgó por primera vez,
les dieron libres unas horas
y participaron, mesa aparte, del banquete.

Sumergida y ajena, a la vez, en el festejo
mi madre decidió
no recordar su traje amarillo.

(De El recelo del agua. Accésit Adonáis 2016, Rialp).

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