Esperanza Vives

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Esperanza Vives Frasés estudió Ciencias Empresariales y Turismo en la Universidad de Valencia. En Alemania estudió cursos de Lengua y Literatura alemana en el Goethe Institut de Freiburg y en la Teknische Universität de Braunschweig. También asistió al Taller de grabado y libro xilográfico de la Hochschule für Bildenden Künste de Braunschweig.
Ha editado libros encuadernados a mano como Die Verwandlung (1990), (con textos de Kafka y Xilografias de Alejandro Rodríguez y de Esperanza Vives). Diciembre (2010) (poema de Viktor Gomez y Grabados de Miguel Ángel Curiel y Esperanza Vives). Tánger, (2012) (poema de Juan Luis Bedins, ilustrado por Ana Vernia). Helor (2014) (poema de Luis Luna y grabados de Miguel Ángel Curiel).
Ha participado en las antologías Palabras en el Yunque y Polimnia 222 de los talleres literarios de la Universidad Politécnica de Valencia.

 

EL ESPACIO

No. No estaba asustado.
Bueno, no mucho, o tal vez no lo sabía. Lo había intentado todo para que pareciera diferente, pero nada. Era una postergación inexplicable.
No sabía nada.
O simplemente lo hacía con la inexpresada y necesaria idea de vivir.
Ni siquiera sabía ahora dónde estaba pero había empezado y debía continuar. Esta vez puso el armario junto a la cama y la mesa en medio. Realmente, el efecto era bueno, pero ¿se sentiría a gusto? Parecía que sí, aunque cuando quiso dejar un vaso en la mesa estaba muy lejos, muy lejos, y se sintió incómodo.
Entonces se sentó de nuevo en el suelo con la espalda apoyada en la cama, mirando el techo, para tener otro punto de vista. Todos los músculos de su cuerpo jugaban a ser aire y las manos le colgaban a los lados.
Había empezado a cambiar los muebles de sitio durante mucho rato, no recordaba cuánto, porque para cambiar es preciso darse cuenta de que se cambia. Y no tenía la sensación de estar cambiando, ni de que el tiempo transcurriera.
Fuera de la habitación había mucha gente, siete personas, quizás muchas más. Pero es de la habitación de la que quiero hablar, de ese espacio. Ni siquiera él, que lo habita, tenía importancia.
Podía pensar a ratos, solo a ratos. Pensamientos ligeros, como sombras de nubes. Y repetía las palabras, esas sombras, que no sabía si eran palabras. Palabras ciegas también, que decía entre las manos. Y veía las letras y veía las inaudibles palabras que se le escapaban por los labios y se iban quedando atrás. No volvían.
Ahora, puso la cama en el centro del cuarto, la mesa al lado y sobre la pared el armario… Estaba feliz y deslumbrado por su prodigio, hasta que un rayo de luz que pasaba por la ventana empezó a crear unas sombras en la habitación. La sombra crecía sobre su cabeza como un pájaro; si se levantaba, disminuía y luego, estaba seguro de que se alejaba. No dejaba de ser aburrido, porque las luces no hacían el juego de las sombras. Entonces supo que tampoco esa era una buena posición para la cama. ¡No tiene importancia! pensó.
Nada tiene importancia por fuera, solo este infinito espacio, mi espacio, mi jaula. ¿Cómo puede ser tan difícil?
Intentó colocar la mesa sobre la cama para aumentar el espacio y arrinconar el armario junto a la cama. Sintió una gran amplitud y un gran vacío a la vez. Empezó a sudar. En realidad estaba sudando desde hacía tiempo, pero no lo había advertido.
En ese momento escuchó tres golpes. Retumbaron grandilocuentes, atravesando el muro. Alguien quería entrar, ni un segundo lo dudó, pero el lugar era suyo: limitado, injusto, interminable. Una sensación azul lo cubrió todo. El eco de una voz lejana retumbó largo tiempo, eternamente. Retumbó a sus espaldas, larga memoria de tiempo, –el tiempo no existe en este relato–. Retumbó a su espalda como fragmentos de voz.
A ratos deseaba salir, escaparse. La idea le apremió casi a traición. Intentó reflexionar,
claudicar: estaba empezando a sentir miedo.
Recordó entonces el mar sin saber por qué, tal vez porque olía a sal. Algo diferente a lo que estaba llevando a cabo desde sabe Dios cuándo. Buscó un camino de agua, una puerta azul, algo imposible. Quizás cuando organizara bien aquel espacio sería libre y feliz.
Pero aquello tenía trazas de no acabar nunca.
Volvió a poner el armario en el centro del cuarto, con la mesa y la cama, así quedaba el resto del espacio para pasear. Y entonces, como un soplo, le pasó por la imaginación la idea, la visión de centenares de caminos y comenzó a llorar. Fue la cosa más idiota del mundo. Sí. Tan idiota como no encontrar el espacio en ninguna parte, fuera de uno mismo.
Cerró los ojos.

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