Entrevista a Vicente Puchol

(Fotografía de Vicente Puchol realizada por Susana Benet)

 

Vicente Puchol ha publicado recientemente en Uno y Cero ediciones Vivir para la muerte, una novela que es necesario leer en estos tiempos difíciles que atravesamos en los que renacen posturas fascistas, y xenófobas.

Mercedes Puchol, autora del lúcido prólogo que precede a  Vivir para la muerte, entrevista al autor. Vicente Puchol ocupa un lugar preeminente en la cultura valenciana. Amigo de Juan Gil-Albert, de César Simón, Francisco Brines, Carlos Marzal, Susana Benet, Teresa Garbí, ha escrito y publicado en diferentes editoriales novelas de gran calado que invitamos a leer. De todo esto se habla en esta entrevista, esencial para conocer el humanismo y la pasión literaria de Vicente Puchol:

 

 

ENTREVISTA

¿Qué motivos te impulsaron a escribir y qué significa para ti la literatura?

El escritor busca construirse otra realidad porque la ordinaria no le satisface. Recuerdo que mis primeros pasos de escritor fueron muy tempranos. La realidad no solo me aburría sino que me entristecía, la sentía hipócrita, convencional. Recuerden que he dicho sentía. A los trece años, no podía verbalizar estos conceptos. La realidad mostrenca me inducía a fugarme de ella. ¿Pero adónde? Entonces empecé a garrapatear algo que podría semejarse a una narración, donde se refugiaban mis anhelos y nostalgias. Creo que todos los escritores auténticos habrán sentido como yo esta fascinación. La literatura es una amante imposible de abandonar. El escritor que goza por primera vez el placer de la creación, volverá a ella siempre, porque no hay placer más grande que crear. Así lo formuló Tolstoi, y así lo creen todos los escritores.

¿Quiénes fueron tus referentes literarios, y cuáles crees que tuvieron una mayor influencia en tu literatura?

Cada escritor pertenece a una estirpe de escritores. Es la necesidad de la tradición; sin ella, sin haber recorrido el camino que otros abrieron, no podríamos seguir nosotros, o nos quedaríamos desorientados. En cuanto a mis referentes literarios, son, sin duda, entre otros, Tolstoi, Kafka y Thomas Mann. Stendhal me atrajo por su precisión y claridad, estilísticamente, pero también me ha fascinado Quevedo, y en mi última novela, Alguien soñó sobre una piel de toro, la prosa respira los aires del siglo de oro, de un modo enteramente personal, lejos de cualquier pastiche. Es mi mejor novela en cuanto a la prosa.

En relación a la anterior pregunta, ¿cuáles fueron las obras literarias que dejaron una mayor huella en tu vocación de escritor, y de qué forma lo hicieron?

Kafka me estimuló a escribir porque le clavó a la vida una estocada hasta el puño y la desplomó. El título de uno de sus relatos, “No es posible vivir”, no se me ha olvidado. También Tolstoi iluminó mi camino, y Thomas Mann, aún más que Tolstoi, me impulsó hacia la perfección del texto. Fue de la misma manera, creo yo, que Tolstoi influyó en Mann. Este tenía en su mesa de trabajo una fotografía de Tolstoi, para no olvidarse de él en ningún momento, pienso yo. Thomas Mann tiene una solidez en la construcción de los ambientes de sus novelas que procede, directamente, de Tolstoi.

¿Podrías establecer una relación entre tu biografía y algunos sucesos de ella con tu vocación de escritor, y el tipo de novelas y relatos que has escrito?

Podría. En mi primera novela, Las personalidades perdidas, influyeron mis largos y tensos estudios para optar a una plaza de notario, donde la aptitud consistía en recitar, a toda velocidad, durante hora y media, diez temas insaculados, de entre los 444 del programa, en que cualquier fallo de la ley te descalificaba. Las incidencias de la preparación del programa y su exposición ante un tribunal hubieran hecho huir al mismo Kafka. La dureza de la dictadura franquista y mis adversas circunstancias me llevaron a esa lucha. En El Gran Danés, tuvo que ver la farsa universal de que se envuelve la corrupción. Yo procuré que ese disfraz fuera el más brillante posible, recurriendo a la guardarropía del renacimiento. El duque protagonista, dueño de un alcázar multisecular, que encerraba las esencias de la casta aristocrática, atrae a los políticos que quieren expropiarlo, por su estado ruinoso y, tras conseguirlo, lo dinamita, convirtiendo su solar, y su extensa inmediación circundante, en un solar susceptible de una parcelación urbanística, que hubiera hecho soñar a muchas constructoras. En Germánico, las injusticias de que he sido víctima, y he visto en los demás, incidieron poderosamente en el flujo de la narración, que un ilustre crítico resumió, al final, en pocas palabras: “A la inmoralidad de las costumbres, sucede la inautenticidad de las personas y, a estas, una degradación de valores, y, sobre esta estampa se proyecta la luz, la voz del escritor.”

¿Ha influido de alguna manera tu profesión de notario en tu novelística, o, simplemente, esta profesión ha coexistido en paralelo con la vocación de escritor, que ha sido siempre tu verdadera vocación, y de la que siempre nos has dicho que es aquello con lo que más te has sentido identificado?

Ha existido, sí, en paralelo, y ella me ha dado el rigor necesario para construir mis novelas. El ajuste a la verosimilitud de los hechos, o que yo los he creado como verosímiles, la precisión y la reciura de mi expresión me la ha dado mi profesión. En este sentido, he ido más allá que Stendhal, que se limitó a leer, tan solo, el Código civil.

Toda tu literatura está recorrida por un profundo conocimiento del ser humano, ¿cómo ha influido el psicoanálisis en todo ello?

Mi propio psicoanálisis personal me descorrió el velo del inconsciente, cuya importancia en la vida humana es capital. Él me ayudó a comprender muchas acciones humanas incomprensibles. Es escalofriante cómo el inconsciente guía, a veces, inexorable, al yo consciente, a vivir la vida de un modo diferente al que hubiese querido su víctima, el consciente. El ello, el yo y el superyó freudianos es la construcción humana más grandiosa del devenir histórico humano. Y su ignorancia por muchas personas, regidoras de los asuntos públicos, resulta tragicómica, cuando no vergonzante. En cuanto al modo en que mi psicoanálisis ha contribuido a aportarme ese conocimiento, yo más bien diría que me lo ha esclarecido más que me lo ha dado. Me ha ayudado a ver, como el “hombre de rayos X en los ojos”, los recovecos y miserias del ser humano.

¿Y la filosofía? Tú siempre has sido un apasionado tanto del psicoanálisis como de la filosofía. ¿Podrías establecer algunas relaciones entre la filosofía y tu literatura? ¿Cuáles han sido los pensadores que más te han interesado, y de qué modo crees que han influido en tu literatura?

Yo he dedicado muchas horas a ambos, hasta el punto de considerarlos complementarios. En mi caso, he sido autodidacta. El ejemplo de Thomás Mann, de mandar a paseo los estudios universitarios, leyendo por su cuenta, es sintomático. Hay que leer a los filósofos que más interesan a cada uno o que están relacionados con su visión del mundo. Uno de los momentos más emocionantes de mi vida intelectual fue cuando, después de leer morosamente la Crítica de la Razón Pura, vi la brecha insondable que, de repente, se abrió a los pies de Kant. ¿Cómo salvar la ética, en qué fundarla, sólidamente, si, siendo trascendental, nos es imposible acceder a la trascendencia? Kant escribió, entonces, la Crítica de la Razón Práctica. Su imperativo categórico ha sido impugnado por sus colegas, hasta el extremo de llamarlo la “paloma kantiana”, pero entonces, tuvo lugar otro momento, tan emocionante como el antes referido: la necesidad y la razonabilidad de la fe. La ética no se funda en ese pretendido “contrato social” de Juan Jacobo Rousseau, sino en la fe, en la creencia de la dignidad del hombre, que cuando vulnera la ética, es decir, cuando es irresponsable, pierde su dignidad. Si Dios no existe, todo es lícito, escribió Dostoyewsky. A costa de la dignidad humana, hay que contestarle. Kant, cuando se encontró en esta coyuntura, explicó su necesidad de escribir la Crítica de la Razón Práctica, diciendo: “Dos cosas conturban, sobre todas, mi corazón: el cielo estrellado sobre mi cabeza, y el orden moral, dentro de mí.”

El fundamento de la ética ha espoleado a todos los filósofos. No se la puede dejar de lado. Es patética, por ejemplo, la angustia de Schopenhauer, en su obra El Mundo como Voluntad y Representación, cuando ve a la voluntad omnipotente de la naturaleza avasallarlo, dirigirlo todo, despreciando al individuo, y preocupándose, únicamente de salvar, de conservar la especie. Esta es la que tiene valor frente al individuo, encadenado con otros que, en cuanto hace un acto de autoafirmación, arrastra a los dos individuos que tiene, igualmente encadenados a su derecha e izquierda. ¡El infierno está en la tierra!, grita desesperado. La representación es un ojo monstruoso que le ha nacido a la criatura humana, para ver el horror de la voluntad de la naturaleza. Antes que él, los filósofos empiristas ingleses, Berkeley, Locke y, sobre todo, David Hume, en su Ensayo del Entendimiento Humano, han reducido el fundamento de todas las cosas no a lo que estas son sino a su mera existencia, de la misma manera que vemos a los planetas, las estrellas y las galaxias del universo, sin poder saber una palabra de lo que son, del porqué de su existencia. Simplemente, están ahí, y basta. Y la ética kantiana se nos impone como una necesidad vital de proteger  el orden moral, pero careciendo de un fundamento trascendente.  Pero “la ética es tan misteriosa como una galaxia, simplemente; no hay más”, concluye David Hume.

La dialéctica de Hegel es un esfuerzo gigantesco por levantar al hombre del barro y elevarlo hasta la altura del espíritu. Pero los marxistas verán en ese espíritu, no lo más excelso del hombre, sino el paraíso materialista. Trostky, asesinado por Stalin, decía: “Cuando el hombre supere la dictadura del proletariado, y desaparezca su explotación, reinando la igualdad y la justicia en el mundo, entonces los hombres tendrán gestos y movimientos más armoniosos, su voz será aflautada, capaz de entonar las melodías más sublimes…” A partir de entonces, el concepto de “sublime” se desprestigió. Pero la fecundidad filosófica de Hegel fue enorme. No sólo desató el marxismo sino que suscitó la polémica sobre el idealismo, cuyas principales figuras fueron Fichte y Schelling. Fichte se dirigió a la nación alemana con unas palabras que fueron usadas como subsuelo ideológico para las políticas fanáticas y delirantes que conformaron el nazismo: “El mundo soy yo”, dijo. El terreno ya estaba abonado para el imperialismo alemán, primero, y la aparición del nazismo, después, que destiló para el mundo civilizado una poción diabólica.

A todos los filósofos reseñados los estudié siendo yo ateo. La historia de la Iglesia, de una parte, y el aberrante nacional catolicismo, de otra, así como la tradicional alianza entre el trono y el altar, me hicieron sacudir las creencias religiosas que los maestros religiosos en mis años de colegio, me grabaron a fuego. A toque de campana, escuché diariamente: “La Iglesia católica es la única verdadera y, fuera de ella, no hay salvación.” A mis catorce años, me hacía pensar en los cristianos ortodoxos y protestantes, así como en los judíos e islamistas. ¿Todos fuera? Al salir del colegio, colgué los hábitos de toda aquella tremenda impostura. Y, sin prejuicios religiosos, pude leer a todos los filósofos con la mente limpia. Pero el problema de la ética seguía sin resolverse. Fue Kierkegaard el que me abrió los ojos a la ética cristiana y, sobre todo, a la figura de Cristo.

Kierkegaard sostuvo que la ética cristiana era la verdadera, la auténtica, la que obligaba al hombre a un compromiso: ser responsable, y a rendir a otros hombres cuentas de su irresponsabilidad. Y todas mis novelas están traspasadas por esta ética.

Tú siempre has considerado a algunos escritores y, sobre todo, poetas, entre tus grandes amistades. ¿Podrías hablar un poco de ellos, y de la influencia que han tenido tanto en tu vida como en tu literatura?

No es del todo cierto que todos mis amigos fueran poetas. También hubo novelistas, como Bryce; ensayistas y teóricos del arte, como Bousoño, y también poetas, entre los que se encontraban: Claudio Rodríguez, José Hierro, y dramaturgos como Francisco Nieva. Y entre los escritores valencianos: Marzal, César Simón, Brines, Susana Benet, Teresa Garbí.

Vicente Aleixandre dijo que las dos personas que había conocido con mayor sensibilidad y entusiasmo por la poesía habían sido García Lorca y yo. A mí no me han influido mis amigos poetas sino su poesía. Yo comencé a escribir tardíamente, y para ellos siempre fui, hasta entonces, como un “buen lector” para sus obras. Y cuando escribí la primera novela se quedaron todos muy sorprendidos. Pero así como Las personalidades perdidas recibió ardientes elogios entre mis amigos, motivados, sobre todo, por la conversión de lector en creador, repentinamente, la admiración de un concejal socialista quiso allanar las dificultades de su publicación por ser la primera obra de un escritor desconocido, mediante una subvención. Y fue editada por la editorial de un amigo suyo, que por estar en bancarrota, apenas distribuyó ejemplares. Es la gran desconocida y, ahora, la he revisado, iluminando todos los puntos negros, eliminando ciertos pasajes y agregando otros nuevos. Yo la considero la mejor de mis novelas.

Si tuvieras que hacer un autorretrato, ¿cómo te describirías?

Baroja se describió a sí mismo como “un hombre humilde y errante.” Yo tengo que citar aquí a la suerte para decir: Jamás acudió a mis requerimientos, antes bien, cubrió mi vida de incontables dificultades, que le restaron brillantez, pero no impidió que sobreviviera. Yo soy yo y mis circunstancias, decía Ortega; si no las salvo, ellas no me salvarán a mí.

¿De qué forma describirías tu visión del mundo, del hombre y del arte?

Esta pregunta solo tiene una contestación: escribiendo mis novelas.

 

 

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