En torno a “Nembrot”, de José Mª Pérez Álvarez, por María Ceide Rodríguez

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Novedosa. Especial. Magnética. Brillante. Reflexiva. Original. Trágica. Así es Nembrot, una de las novelas más aplaudidas de José María Pérez Álvarez, un escritor gallego de dilatada trayectoria artística cuya actividad literaria se caracteriza, entre otras muchas virtudes, por presentar una narrativa de corte intimista en la que trabaja al detalle y sin tapujos asuntos de total actualidad y conflictos que no solo atormentan a los personajes de sus obras sino que preocupan también a muchos de los lectores que a ellas se acercan.

Esto es lo que ocurre en Nembrot, un texto en el que el autor condensa un sinfín de problemáticas de naturaleza existencialista que dibujan un doble fondo sobre un hilo argumental aparentemente sencillo que narra la historia de (des)amor de dos compañeros de apartamento, Horacio y Bralt, quienes, completamente desencantados con la vida, tratan de combatir en compañía la soledad y el tedio de una realidad que lejos de complacerlos los hastía hasta el agotamiento.

La reflexión en torno a la muerte como destino ineludible del hombre constituye el principal elemento de una fórmula que se complica con profundas divagaciones que abordan, al más puro estilo del Romanticismo, cuestiones relativas a la brevedad de la vida, la erosión del tiempo, la búsqueda de la propia identidad y la aceptación del yo.

El título, desconcertante y confuso, anticipa ya el tono sombrío de una novela en donde el desasosiego, la incertidumbre y la ambigüedad inundan un discurso magistralmente elaborado y en el que la escritura, en sí misma, ocupa un lugar privilegiado; haciendo gala de un dominio absoluto de la tradición literaria (con guiño a Álvaro Cunqueiro incluido), el autor expone, en un extraordinario ejercicio de metaliteratura, toda una teoría sobre la escritura como “salida de emergencia” a las perturbaciones y frustraciones de la vida humana, esto es, como vía fundamental para la expresión de sentimientos y para el equilibrio emocional.

La caótica configuración formal de la modalidad narrativa contribuye a crear el clima de confusión y desorden tan característico de la novela. De ella se hace responsable una compleja instancia narrativa omnisciente que además de dar cuenta de los sucesos que se desarrollan, juega constantemente al despiste focalizando y limitando su conocimiento a través de los distintos personajes, a los que a menudo cede la voz para que enuncien su discurso en estilo directo.

En esta supuesta “anarquía” el elemento temporal desempeña también un papel muy importante. Los frecuentes saltos, elipsis y flashbacks con los que Pérez Álvarez construye el relato generan cierta complejidad a la hora de realizar un seguimiento lineal del mismo y exigen al lector una posición de lectura activa; ahí reside, sin embargo, el verdadero encanto de una novela en la que pocas cosas son lo que parecen y en donde no se puede dar nada por supuesto.

En relación con esta cuestión, quizás sería posible afirmar que los ambientes espaciales resultan en Nembrot mucho más agradecidos. La acción tiene lugar en un mundo completamente realista en el que se incluyen lugares tomados de la propia realidad y perfectamente reconocibles: Vigo, Cangas, Mondoñedo… Las recreaciones de estos paisajes se realizan de manera minuciosa, cuidando con esmero cada detalle. A ellas accedemos a través de la vista y, curiosamente, también del olfato de los protagonistas y con ellas, el autor consigue trasladarnos a los principales entornos en los que Horacio y Bralt desarrollan su actividad.

Algunos de los personajes de la novela se caracterizan por haber sido bautizados con nombres que poseen una fuerte carga simbólica. Horacio y Ofeliña son dos de los más destacados. Ambos aparecen estrechamente ligados a la obra Hamlet y se asocian con las figuras de esta famosa tragedia shakesperiana por similitud y contraste. Al igual que la amante del príncipe de Dinamarca, Ofeliña es una joven desdichada que detesta la realidad en la que vive y que encuentra su final en el mar, donde muere ahogada. Horacio, a diferencia del leal amigo del protagonista, es un hombre débil, indeciso y cobarde que abandona, en el momento que más lo necesita, a su compañero Bralt, un escritor argentino homosexual marcado por la muerte de su esposa y por el fracaso de su carrera literaria.

En el caso del personaje de Clara, el simbolismo viene dado por la religión cristiana (muy presente a lo largo de todo el escrito); y es que, de la misma manera que Santa Clara de Asís, conocida por su gran afición a la oración, la madre de Ofeliña se entrega por completo al rezo y la locura tras el fallecimiento de su hija.

Todos los personajes son configurados por el autor con una gran sensibilidad, de manera muy realista y huyendo de los tipos sociales convencionales. Cada figura es un compendio de matices y por ello en Nembrot no resulta sencillo asignar los papeles de héroes y villanos. Simplemente no existen. La frontera entre lo correcto y lo incorrecto se muestra extremadamente difusa y la gran mayoría de los personajes se mueve en el límite entre ambas regiones.

Apenas conocemos datos del físico de los protagonistas ya que en su caracterización prima sin lugar a dudas, el aspecto espiritual y mental. De acuerdo con el sentido general de la novela, la introspección psicológica se erige como elemento fundamental para la comprensión de determinados comportamientos y por este motivo Horacio y Bralt son descritos a partir de sus propias reflexiones y pensamientos.
En definitiva, podríamos considerar sin temor a equivocarnos que Nembrot es una novela muy humana, un cúmulo de sensaciones comprimidas en un texto de alto voltaje, magníficamente escrito, caracterizado por su original factura formal y destinado a remover conciencias. Sin duda alguna, una obra de gran calidad literaria que merece la pena.

María Ceide Rodríguez

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